Según Bernard Vincent, a Sevilla llegaron casi tres mil, y a Córdoba más de cuatro mil. Otra parte de los moriscos desterrados del Reino de Granada terminaron asentándose en otras ciudades andaluzas como Jaén, Linares, Baeza, Úbeda, Carmona, Écija, Cabra, Baena, Lucena, etc, aunque después de los repartos oficiales hubo una cierta movilidad entre poblaciones y bastantes retornos camuflados. Por ejemplo, de Sevilla, parte de los asignados terminaron en la provincia de Cádiz, especialmente en Jerez; aunque en la ciudad Hispalense se calcula que en 1580 había más de 600 moriscos, el 6% de la población sevillana, que eran casi todos procedentes del reino granadino y que se asentaron, mayoritariamente, en los barrios de La Feria, San Bernardo y, especialmente Triana, viviendo en construcciones típicas de la época, conocidas como corralas o corrales de vecinos. En el siglo XVII, un gran número de los residentes en esas corralas eran de origen morisco. En 1625 un “informe sobre los moros esclavos y libres de Sevilla” hacía referencia a un importante número de moriscos que se habían trasladado desde las zonas marítimas hasta las ciudades del interior como Sevilla, y que se habían instalado en esos corrales de vecindad, en grupos numerosos. Otro documento de 1665 habla de que parte de los moriscos de Sevilla se habían trasladado a vivir a diversos corrales de vecindad.
La percepción de que entre los gitanos había muchos moriscos no pasaba por alto a los clérigos partidarios de la expulsión de los moriscos, como un clérigo castellano de un convento Santispiritus, que se inclinaban por la expulsión de los gitanos también porque “ay presunción que muchos de los que andan como gitanos son moriscos” por lo que se recomendaba “usar con ellos del rigor que se ha usado con los moriscos”. Otro clérigo e historiador de la misma época, Pedro de Salazar y Mendoza, también señalaba que “cosa muy sabida es, que muchos de los que andan con los gitanos, assí hombres, como mugeres, son españoles, y lo mesmo passa en otras prouincias”.
Ya hubo intentos de expulsión con Felipe III también de los gitanos, muy poco después de la expulsión de los moriscos, expulsión que no se materializó. A partir de entonces, parece que la vinculación de parte de los moriscos desarraigados con la minoría étnica gitana se dio de manera recurrente, ya que una real cédula de 1619 prohibía que se distinguiera a los gitanos con ese nombre “puesto que no lo son de nación”. Por lo tanto, ya existía en la sociedad del siglo XVII la convicción de que la mayoría de los gitanos no eran originarios de esa etnia llegada a la península en el siglo XV. Como decía el sociólogo austriaco Gerhard Steingress “La voz “gitano” ya no definía las características étnicas de los gitanos llegados a España en el siglo XV sino que pasó a denotar una muy determinada categoría social de individuos que tuvieron que sobrevivir a base de una economía de subsistencia y desprecio”.
Con el rey Felipe IV “desaparecen” oficialmente los moriscos de España. La respuesta del Rey ante las peticiones de las Cortes para seguir redactando pragmáticas contra los moriscos era la de “que no convenía hacer pragmática, pero que se mandaría a las justicias que no admitiesen denuncias, y que contra los sospechosos procediesen no como moriscos, sino como vagabundos». Así que a mediados del siglo XVII ya tenemos a muchos moriscos con el apelativo de “vagabundos”, al igual que otra minoría marginada de la época, los “egipcianos”. De ahí en adelante todos los vagabundos y marginados en general se les conocería como “gitanos”, fueran gitanos de etnia, o fueran moriscos que habían escogido esa forma de vida, o negros horros o bozales provenientes de la esclavitud. Todavía, en la pragmática contra los gitanos de Carlos III, de 1783, se sigue dudando de la procedencia “egipciana” de la mayoría de los gitanos. No en vano la primera declaración de intenciones de la pragmática es, precisamente, esa: “Declaro que los que llaman y se dicen gitanos no lo son por naturaleza, ni provienen de raíz infecta alguna”.
De esa amalgama de gentes, y de sus circunstancias de marginación y persecución, se fue fraguando el cante jondo, el del quejío y la pena. Lamentos que se expresaban en el trabajo del campo de esos jornaleros sin tierra, y en oficios que se habían prohibido a los moriscos, pero que como gitanos podían seguir ejerciendo, como en la fragua y la herrería, como tratantes de ganado y en las recuas de bestias de los arrieros; y en las cárceles… donde a veces terminaron muchos de ellos después de la bárbara redada gubernamental de mediados del siglo XVIII.
Francisco de Borja García Duarte.
Fuente: Revista Fuente Vieja.
Notas:
1.- Ver B.Vincent: “La expulsión de los moriscos del Reino de Granada y su reparto en Castilla”, Andalucía en la Edad Moderna. Diputación de Granada, 1987.
2- Domínguez Ortiz y Bernard Vincent (1993): Hª de los moriscos, Alianza Editorial.
3-Citado por Antonio Gómez Alfaro en “Algo más sobre gitanos y moriscos”, Invenciones y Ensayos. Cuadernos Hispanoamericanos, nº 512.
4- Citado en M. Martínez: “Gitanos y moriscos: Una relación a considerar”, pág. 97.
5- Citado en “Un manuscrito del Conde de Torrepalma dedicado al origen de los gitanos”.
6- Presentación y notas: Antonio Gómez Alfaro. ELUCIDARIO. Nº 6 (septiembre 2008) págs. 331-349.
7- Gerhard Steingress: Sociología del cante flamenco. Centro andaluz de Flamenco. Jerez 1993.
8- Actas de las Cortes, citado por D. Ortiz y B. Vincent: Historia de los moriscos. pág. 259.
9- “PRAGMATICA-SANCION en fuerza de ley, en que se dan nuevas reglas para contener y castigar la vagancia de los que hasta aquí se han conocido con el nombre de gitanos, o castellanos nuevos, con lo demás que expresa”. Imprenta de D. Pedro Marín, Madrid 1783. (en bibliotecavirtualdefensa.es)



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