Andaluzas que escriben sobre Andalucía, el Mediterráneo y el mundo


Blas Infante y la Iglesia católica

Fragmentos de las obras del revolucionario Blas Infante en los que hace una valoración de la Iglesia católica y del papel que ha jugado en Andalucía.

La Inquisición

Dos mil personas fueron quemadas vivas en los campos de Tablada, durante los dos primeros años del establecimiento en Sevilla de la Inquisición (1481-1483). Se confiscó los bienes y encarceló a diecisiete mil.

Los tremendos juicios y persecuciones del Santo Oficio obligaron a emigrar a numerosas familias, que fueron a Portugal, Navarra, Francia e Italia, provocando el escándalo y la indignación de estas naciones; y aun las censuras del Papa, quien conminó a los inquisidores para que moderasen su rigor, amenazándolos con privarlos del oficio.

En lo que se refiere a Granada, como dice un escritor (Rafael Contreras en su libro Recuerdos de la dominación de los árabes en España), «ni la persecución de los católicos en Inglaterra, ni la guerra de los campesinos, ni la noche de San Bartolomé, pueden compararse con el exterminio de millares de criaturas arrancadas de sus labores y de sus propiedades».

Ordenado todo, como decía Felipe II, en contestación a las quejas expuestas por el morisco Núñez Muley, «no por su voluntad personal, sino por acuerdo de religiosos y descargo de conciencia».

Adviértase que éstos eran únicamente los comienzos de persecuciones que habían de perdurar por siglos. «Andalucía—dice Guichot (ob. Cit.)— amamantó aquel implacable Tribunal (la Inquisición) hasta su completo desarrollo. Ella sola le proporcionó más alimento durante los días de su infancia, que el resto de la nación en el transcurso de los siglos».

(2018) Ideal andaluz, Sevilla: Fundación CENTRA, p. 314.

La Iglesia católica como terrateniente

En la era flamenca, el régimen implantado por la conquista, exalta su bárbara inspiración en un sistema de hechos fautores de la esterilidad de Andalucía. Cuando la conquista, la tierra sobrante de los grandes repartimientos verificados a favor de los nobles capitanes y de las iglesias, se distribuye entre los soldados, y para agotar el resto de la vacante se llama a colonos de Castilla o de Galicia; los primeros sin vocación agricultora, los segundos no acostumbrados a los riegos artificiales andaluces, cuyas obras bien pronto quedan abandonadas. Muchos colonos se ausentan, y las comarcas jardines tornan a ser selváticas soledades. Después, la especulación y el caciquismo territorial (la Europa antigua, vive en España, gravitando hacia el feudalismo) consumen y ratifican la obra conquistadora. La desamortización discierne las tierras a los más ladrones, que constituyen estados territoriales nuevos, sustituyendo a las manos muertas del Clero, antiguo poseedor de las tierras.

(2017) El complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, Fundación CENTRA: Sevilla, p. 137.

La Iglesia en la conquista medieval de Andalucía

Andalucía canta; y su música se propaga deleitando a todos los pueblos del continente. Pero Europa tiembla de envidia; se consume de rencores. Ella es cristiana. Andalucía, con nombre islámico, es librepensadora. «Sigue sin poder llegar a ser bélica. Los ejércitos mercenarios destruyen el imperio andaluz, y en su lugar se crean pequeños reinos, que eran otras tantas academias presididas por los príncipes.» Más florece aún la cultura de Al-Andalus. El anfictionado de Andalucía está compuesto de pueblos de poca extensión territorial, unidos por el mismo espíritu. ¿Qué importa la unidad política imperialista? Ya lo dijo Byron: Dios, como los cosecheros, no sirve en copas grandes el licor concentrado, rico de esencias… Europa entonces precede al Japón. Como éste viene a aprender a nuestras Universidades, traduce nuestros libros y prepara con la ciencia andaluza su renacimiento. Todos sus grandes hombres, teólogos, filósofos, médicos, poetas, son discípulos de Andalucía. Pero la odian. ¡No es cristiana! Y nuestras invenciones sirven de recursos a Europa contra nosotros: ¡Francia! Ella fue, es y será la inteligencia de Europa, contra los jamás germanizados, ni por la sangre ni por el genio. España, instrumento de Francia; los bárbaros expulsados por el auxilio árabe, con la colaboración de Europa entera, vienen otra vez contra nosotros. ¡Las cruzadas! El robo, el asesinato, el incendio, la envidia destructora, presididos por la cruz. Nos quitan nuestros territorios peninsulares, y, llamándonos perros, nos despeñan por los barrancos de la Mariánica. Fernando el Bizco nos arrebata Córdoba y Sevilla. Sangre y fuego. Empiezan a quitarnos la tierra. Los bárbaros se revuelven vencedores contra el espíritu de todas nuestras instituciones, que se derrumban ante su empuje ciego. Por último, Isabel, la empeñajoyas, la Católica, título que le concede el Papa por haber degollado la valiente población malagueña; por haber repartido las doncellas andaluzas como a esclavas entre sus damas; por haber enviado al mismo Papa parte del botín, y un escuadrón de esclavos andaluces, cautivados en la rendición de Málaga; Isabel, la bárbara, grosera, fanática, hipócrita, y cuya figura y cuyo reinado contrastados con los valores permanentes y universales de la Humanidad y de la Justicia, y aun con las normas políticas de ordinaria moral, ordenadas a la gobernación de los pueblos, son los más desastrosos que tuvo España, como se llegará a demostrar en próxima revisión; Isabel viene a consumar la obra.

Se queman bibliotecas, se destruyen templos e industrias. La tierra de Andalucía queda toda ella, definitivamente, distribuida en grandes porciones entre los capitanes de las huestes conquistadoras o entre colonos de los pueblos conquistadores, que no aman la labranza; y los andaluces, que la tenían convertida en vergel, son condenados a esclavitud de los señores y a vagar en torno de las cercas de aquellos esta dos territoriales, cuyas obras de riego son destruidas o abandonadas, hasta llegar a convertirse en erial. Ya lo dijo Abubeka: «A medida que las cruces y las campanas iban afeando las airosas torres de las mezquitas, la tierra, de jardín se tornaba en yermo, y la cruz presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces.» Se encienden las hogueras de la Inquisición; millares de andaluces, mosaicos y musulmanes, son quemados en las salvajes piras. Se empiezan a decretar expulsiones de andaluces, de los cuales unos quedan en el destierro, otros se salvan del exilio por la ocultación, otros retornan de Berbería en conmovedoras empresas, viniendo también a ocultarse en el seno de la sociedad enemiga o en las fragosidades de las sierras. Los Austrias continúan la obra de Isabel.

Por fin, han llegado a triunfar y a asentarse definitivamente los bárbaros expulsados de Andalucía con el auxilio árabe. El despiadado asimilismo viene a imperar. Se castiga el baño, se proscriben el traje, la lengua, la música, las costumbres, bajo graves tormentos. Empieza la labor de enterrar nuestra gloriosa historia cultural; su recuerdo es castigado como crimen; al cabo de tres generaciones, los andaluces creen que son europeos, y que los moros que había en Andalucía eran unos salvajes que ellos vinieron del Norte a echar más allá del Estrecho.

(1934) Andalucía desconocida, Junta Liberalista de Andalucía, Sevilla, p. 10.

El pueblo andaluz ante los ritos católicos

Bastó el aliento de libertad mezquina político-religiosa del XIX, para que el andaluz de pura estirpe, el andaluz de los pueblos rurales; los moriscos, hoy jornaleros, en la península, dejaran la costumbre de ir a la iglesia. ¿Para qué? Ya no pasaban lista de los asistentes. ¡Ya habían suprimido la Inquisición, que en un solo año quemó en Tablada a 2.000 andaluces, «todos letrados e bachilleres, e personas de calidad», como dice el cura de Los Palacios, Andrés Bernáldez!

(2017) El complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, Fundación CENTRA: Sevilla, p. 140.

Propuestas de la candidatura de Blas Infante en las elecciones de 1931

Consideración y respeto absoluto para todas las religiones, contradicción radical del uso de las motivaciones religiosas para fines políticos. Medidas que demuestren ha concluido en España el monopolio pseudo-religioso, alcanzado por la acción política de la Iglesia de Roma; como lo hubiera sido la revocación de las leyes consagradoras de este monopolio que ha engendrado la ficción de una unidad religiosa en España, no debida a la unificación de conciencias, sino al mismo monopolio pseudo-religioso, obra de la política. Anuncio solemne de la terminación de tal monopolio, a nuestros hermanos los españoles sefardíes y musulmanes, expulsados de España por el monopolio romano.

Consideración de todos los templos de cualquier religión para los efectos civiles, y en cuanto a sus valores artísticos, sujetos a la vigilancia del Estado para efectuar la conservación de estos valores y para procurar su defensa.

(2017) El complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, Fundación CENTRA: Sevilla, p. 116.

El mito católico de la resurrección

En nuestro libro, en prensa, (“Reelección -primer volumen- La Religión y la Moral”), se comenta un cuento, el cual, con aquellos comentarios, nos sirve siempre, en nuestros actos de propaganda oral, para difundir entre nuestros auditorios un concepto verdadero de la Paternidad, íntimamente ligado con el concepto de la vida futura… Héla aquí:

Un misionero, cristiano y protestante, arriba al centro de África, yendo de tribu en tribu, con la pretensión de evangelizar salvajes. Y en unas tribus, el misionero encontraba afable acogida y en otras era recibido con hostilidad. Y en unas, triunfaba su misión evangelizadora y en otras era rechazado aquel apóstol de Jesús.

Así, el misionero, hubo de llegar a una tribu cuyo jefe era hombre naturalmente despejado y aficionado a meditar acerca de las verdades fundamentales de la Vida.

Enteróse el jeque aquel de que en su tribu apostolaba un hombre blanco. Tuvo curiosidad por conocer sus doctrinas y hubo de mandar a sus edecanes que condujesen al hombre blanco hasta su regia cabaña. Y allá fue el misionero lleno de gozo, pues, en su fuero interno, creía, que si lograba convertir al reyezuelo, su misión evangélica había terminado con éxito en aquella comarca. Pues el jefe impondría a sus súbditos la religión nueva… y de un sólo golpe salvaría muchas almas. Recibido el pastor evangélico por el jefe salvaje, explicó aquél a éste la vida, según la interpretación de la metafísica cristiana y pretendió enseñarle los principios de su Religión y Moral.

Tan atentamente escuchaba el salvaje, que ya el misionero hubo de considerar su triunfo logrado. Y disponíase a abandonar la choza del jeque, cuando éste, reteniéndole, cariñosamente, así le dijo:

– Espera, hombre blanco. Has dicho cosas muy bellas y cosas sin sentido de la realidad. Pero de lo más esencial se te ha olvidado hablarme.

– Dime y serás complacido -demandó el misionero, un tanto receloso.

– Verás, hombre blanco, -contestó el salvaje sonriente-. Yo quisiera saber cuál es, según tu religión, la vida futura… si es que al concluir ésta no acabamos, para siempre, desvanecidos en la Nada.

Y el misionero replicó:

– Existe, oh rey, otro mundo fuera de este mundo y fuera del universo, en donde se perpetúan las almas, que abandonan al morir el cuerpo mortal y deleznable. En este mundo, a donde vuelan los

espíritus cuando mueren los cuerpos de los individuos los malos serán castigados. Los espíritus de los hombres malvados arderán en el fuego del remordimiento que encendiera el mal que obraron sobre la tierra. Los buenos serán premiados, acogidos para siempre en el Seno y en la Gloria de Dios…

El salvaje sonrió entonces paternalmente, y dijo así:

– Tu país, hombre blanco, es llamado país de las luces… Son las luces que encendieron los hombres. Aquí nos alumbramos con las luces humildes que enciende la Naturaleza. Ven conmigo: Sabrás la lección que todos los días me ofrece nuestra Gran Madre. ¿Cuál es la cierta? Juzga tú mismo. Y entonces el salvaje condujo al misionero al jardín de su humilde residencia real. Y allí había apilada una parva de granos de maíz rubios, con la rubieza de los soles fuertes. El salvaje cogió entre los dedos uno de aquellos granos y, mostrándole al misionero, habló de este modo:

– ¿Ves este grano? Se siembra. A poco, de él, queda la escoria, la cáscara; esto es, el cadáver del grano. ¿Pero se puede decir que la vida del grano ha muerto, o que fue volando alada a otro mundo

que el de aquí? No, hombre blanco. Míralo cómo su vida renovada asciende por el tallo de la planta que surgió. Mírala cómo florece multiplicada en los granos de la abundosa espiga. ¿Qué son los granos de la espiga sino la misma vida del grano que se sembró, florecida; multiplicada en sus garantía contra la muerte?

Y el salvaje señalaba los enhiestos maizales por segar aún, rematados por espigas triunfadoras. Y concluyó así:

– En verdad te digo, hombre blanco, que tu vida no morirá si alcanza a continuarse y a perpetuarse contra la Muerte, por la espiga­ floreciente de tus propios hijos.

(2022­) La Dictadura Pedagógica. Estado actual del alma de la sociedad comunista, Fhojas Monfíes: Granada, p. 178.



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