“¡Alerta Antifascista! ¡Echemos a la derecha! ¡Paremos a la ultraderecha!”. De nuevo, en Andalucía, la socialdemocracia y el regionalismo reformista activan el mismo mecanismo de siempre: el miedo. El miedo a la derecha, a la extrema derecha, al fascismo. Y con ese miedo intentan disciplinar políticamente al pueblo trabajador andaluz, reduciendo toda posibilidad de acción a una única opción: votarles a ellos para “frenarlos”. Este discurso no es nuevo. Es la piedra angular del Régimen del 39-78 en su versión “progresista”. Y es, al mismo tiempo, uno de los mayores engaños políticos que sufre el Pueblo Trabajador Andaluz. Porque lo que se presenta como una lucha contra el fascismo no es más que la defensa de un sistema que lo engendra.
La tesis de que la socialdemocracia (IU, Podemos, Sumar…) actúa como freno a la reacción no resiste el más mínimo análisis. La experiencia histórica demuestra que allí donde la socialdemocracia gobierna, no desaparecen las condiciones que permiten el auge del fascismo, sino que se consolidan. No es una anomalía, es una consecuencia lógica. La socialdemocracia no combate el capitalismo, lo gestiona; no destruye sus contradicciones, las administra; no organiza a la clase trabajadora para la ruptura, la desmoviliza y la integra en el orden existente. Y en ese proceso, como ya señalara Stalin con absoluta claridad, la socialdemocracia actúa como la antesala del fascismo: no porque sean idénticos, sino porque
forman parte de un mismo sistema en el que uno prepara el terreno que el otro termina de ocupar cuando las contradicciones se agudizan.
El fascismo, por tanto, no es un fenómeno externo al sistema capitalista que pueda combatirse con consignas electorales o apelaciones morales. Es una herramienta del propio capital y las oligarquías en momentos de
crisis. No nace espontáneamente, no aparece como un accidente histórico, sino que es producido, alimentado y utilizado por la burguesía y oligarquías cuando lo necesitan. Como expresa con toda la crudeza la voz del personaje Olmo en Novecento de Bertolucci:
“Así es, compañeros, los fascistas no son como los hongos que nacen así en una noche, no… Han sido los patronos quienes han plantado a los fascistas. Los han querido, les han pagado. Y con los fascistas los patronos han ganado cada vez más, hasta no saber donde meter el dinero. Y así inventaron la guerra, y nos mandaron a África, a Rusia, a Grecia, a Albania, a España, pero siempre pagamos nosotros. ¿Quién paga? El proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres.”
Esta afirmación no es una exageración retórica, sino una descripción
precisa de la lógica del sistema capitalista: el fascismo es una herramienta más para garantizar la dominación cuando los mecanismos habituales dejan de ser suficientes.
Desde esta perspectiva, el discurso del “freno a la derecha” se revela como lo que realmente es: una trampa política diseñada para mantener intacto el sistema capitalista que genera la propia reacción. Se nos dice que la única manera de detener al fascismo es votar dentro del mismo marco que lo produce. Se nos exige que confiemos en quienes llevan décadas gestionando ese sistema sin cuestionarlo. Se nos obliga a elegir entre dos caras de un mismo orden. Pero no se puede frenar una consecuencia sin atacar su causa, y la causa del fascismo no es otra que el capitalismo y la estructura de poder que lo sostiene.
En Andalucía, esta lógica adquiere una forma especialmente clara. Por un lado, la socialdemocracia estatal —PSOE, junto a sus extensiones como IU, Podemos o Sumar— ha sido la responsable directa de la gestión de la subordinación del territorio, consolidando un modelo económico dependiente, precario y orientado a intereses externos. Por otro, el regionalismo reformista andaluz —Adelante Andalucía y
anteriormente el PA — se presenta como alternativa, pero no plantea ninguna ruptura real con ese marco, sino su reforma y su gestión desde una posición crítica. Ambos comparten lo esencial: la aceptación del
Estado español como marco político, la aceptación del capitalismo como sistema económico y la renuncia a cualquier proceso de ruptura. Por eso, su función objetiva no puede ser otra que la de sostener el sistema y, en términos concretos, la de actuar como muleta del PSOE en el gobierno de la Junta de Andalucía. Y aquí es necesario hablar sin ambigüedades: el PSOE no es una fuerza de izquierdas, sino una fuerza de derechas, profundamente reaccionaria, alineada con la OTAN, el militarismo y las políticas del capital tanto en Andalucía como en el conjunto del Estado español.
Toda esta construcción política se derrumba cuando se aborda la cuestión central que el regionalismo reformista y la socialdemocracia se niegan a plantear: la naturaleza de Andalucía dentro del Estado español. Andalucía no es un sujeto soberano, sino un territorio subordinado, una colonia interior cuya función dentro del sistema está definida por intereses ajenos. No estamos ante un problema de mala gestión ni ante una simple alternancia de gobiernos, sino ante una relación estructural de dependencia. Por eso, plantear que la solución pasa por “echar a la derecha” para poner a otro partido que actúa dentro del mismo marco colonial español no es solo insuficiente, es una forma consciente de engañar al pueblo trabajador andaluz. El problema no es quién gestiona la colonia, sino la existencia misma de esa relación de subordinación. Pensar lo contrario es regionalismo, es reformismo y es una renuncia a nuestra soberanía como nación.
Esta realidad se refleja también en el papel del Parlamento andaluz, presentado como el espacio donde se decide el futuro de Andalucía, cuando en realidad no es más que una institución creada y limitada por el
propio Estado español. No es un órgano de soberanía, sino de gestión. No decide sobre lo fundamental, no controla los recursos estratégicos, no define el modelo económico. Opera dentro de unos márgenes previamente establecidos que no puede superar. Por tanto, depositar en este marco la esperanza de transformación real es desconocer su función: no está diseñado para cambiar el sistema, sino para administrarlo.
Frente a este escenario, la disyuntiva es clara. O se sigue aceptando el engaño del “freno a la derecha” para que venga otra derecha, perpetuando un sistema que genera explotación, dependencia y retroceso reaccionario, o se asume la necesidad de una ruptura real. Andalucía no necesita cambiar de gestores dentro del mismo orden, necesita liberarse de él. Y esa liberación no vendrá de las urnas del 17 de mayo ni de ninguna otra convocatoria electoral dentro de este marco. Vendrá de la organización consciente del Pueblo Trabajador Andaluz, de la construcción de poder popular y de la lucha por la soberanía plena. No hay reforma posible dentro de un sistema construido para la subordinación. Solo hay una salida: la ruptura revolucionaria que permita transformar de raíz las condiciones de existencia del pueblo trabajador andaluz.
Por Ángel Salinas.



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