“Todos ellos quieren lo imposible, a saber: las condiciones burguesas de vida, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones”,
K. Marx
En este breve artículo se trata de exponer algunas claves de forma esquemática sobre lo sucedido en las elecciones municipales y autonómicas en determinadas zonas del Estado español y la inmediata convocatoria de elecciones por parte del presidente Pedro Sánchez, desde un punto de vista de clase y transformador, comprometido con la lucha por la emancipación nacional del pueblo andaluz.
Desde explicaciones parciales, pasando por tergiversaciones, la búsqueda de excusas -más bien muñecos de paja con los que descargar la frustración- , hasta argumentaciones sólo válidas o entendibles para militantes, simpatizantes o votantes ya convencidos pero con escaso éxito de convencimiento o compresión fuera de esos círculos, han desfilado estos días desbocadas por nuestras pantallas de móviles u ordenadores, con el ansia de falsas confrontaciones y la imperiosa necesidad de al menos disfrutar de unos segundos de gloria en nuestros celulares o portátiles.
Lo peligroso de los tiempos que corren reside en cómo está prácticamente desapareciendo todo método de análisis a favor de relatos construídos por la mercadotecnia de las máquinas electorales. Más allá de perspectivas reformistas que tradicionalmente se han limitado a la contemplación de lo que “realmente” hay, sin perspectiva o explicación, lo que hoy estamos viviendo va mucho más lejos, tanto cuanto lo que se busca son argumentos que legitimen unas decisiones que se han tomado previamente.
No, la gente no se ha hecho de derechas o conservadora de repente
El giro a la derecha o conservador se contempla pero a penas se explica, y cuando se hace es común acudir a tópicos atemporales y recetas que se utilizan independientemente del momento y el lugar. Esta cuestión es compleja, mucho más de lo que habitualmente se suele exponer en los medios progresistas; al respecto, salvo determinados casos y limitándonos solo al voto, no existen grandes trasvases de voto considerado de izquierda a las derechas, pero la cuestión del voto aunque pueda ser significativo y a tener en cuenta no indica de una forma absoluta un cambio de mentalidad o de posicionamientos políticos, por eso, analizar esta cuestión es una tarea mucho más profunda que necesita de más
indicadores que nos permitan llegar a conclusiones más sólidas. Sin embargo, el reformismo, y su particular concepción de lo político, suele absolutizar los procesos electorales impidiendo cualquier análisis que pretenda profundizar e ir más allá de la epidermis de los fenómenos.
En definitiva, es de suponer que para el progresismo español el que muchos de sus votantes hayan optado por la abstención signifique un cambio de mentalidad, pero en realidad no es así, o al menos, no es así en muchos casos.
La guerra cognitiva
Los principios goebelianos siguen vigentes y con las redes sociales han cobrado más fuerza aún, pero con el objetivo de tomar nuestros cerebros, no tanto ya para que tomemos posición sino para modificar en qué debemos pensar o preocuparnos y cómo pensamos, quebrando nuestra autonomía de pensamiento o cualquier capacidad crítica. Si vamos a lo
concreto, el progresismo español es incapaz de hacer frente a esta guerra,
fundamentalmente porque asume el sentido común del imperialismo y del neoliberalismo desde otro punto de vista.
Las limitaciones del progresismo español
El que la llamada izquierda española tenga asumido el sentido común imperialista y neoliberal tiene como principal consecuencia práctica la imposibilidad de llevar a cabo su programa reformista. Si en los años 2015 y 2016 el progresismo español apelaba a la necesidad urgente de una “izquierda con vocación de poder”, hoy se escudan en que “estar en un gobierno no significa tener el poder” asumiendo cínicamente sus limitaciones.
Igualmente, el progresismo español ha venido sosteniendo que su fuerza institucional es la que es o que con la actual correlación de fuerzas no se puede hacer más, mientras por otro lado, obstaculiza cualquier intento de elevar la conciencia de la clase obrera y los sectores populares y aumentar su base, eso cuando no se desarticula la organización y la lucha obrera y popular.
Un buen ejemplo -uno de entre muchos- de cómo la llamada izquierda española comparte el sentido común del imperialismo y del neoliberalismo lo podemos encontrar en uno de sus economistas de cabecera, Yago Álvarez; en su intervención en este programa de Furor TV
afirma que “nuestro Estado de Bienestar” corre peligro porque la Unión Europea va a imponer el próximo año un mayor ajuste del déficit, por tanto surge una disyuntiva según Álvarez: o bien subir los impuestos a los ricos, o recortar en gasto social. Es decir, en primer lugar no se pone en cuestión las normas europeas de control del déficit, asumiendo el rol principal de la Unión Europea como instrumento de disciplina fiscal neoliberal en favor de las grandes corporaciones y oligarquías, especialmente la alemana; por otro lado, Álvarez parece olvidar el caso griego, en el que el gobierno de Syriza -una organización política hermana del progresismo español- aplicó todos y cada uno de los recortes impuestos por Bruselas y sus dramáticas consecuencias; también podríamos hablar del alabado por el progresismo español caso portugués y de cómo si bien el Partido Socialista portugués no acometió los brutales recortes que tuvieron lugar en Grecia, como denunció en repetidas ocasiones el Partido Comunista Portugués, si se destruyó en unos casos o se subordinó en otros la estructura productiva portuguesa, profundizando en un mayor rol periférico y dependiente. Pero podemos seguir más allá, en estas últimas semanas han sido constantes los llamados de la Comisión Europea sobre el elevado gasto público español,
especialmente en sanidad. Gobierne quien gobierne Bruselas va a imponer recortes importantes que van a afectar a la clase obrera y a los sectores populares y a estas alturas creer que un “gobierno progresista” lo va a evitar es de ingenuos, de ignorantes o de mentirosos.
Siguiendo con el sentido común imperialista y neoliberal que impera en el progresismo español, comprobamos como las principales instituciones que gestionan el capitalismo español y los diferentes capitales de Europa no son cuestionados. La crítica al régimen del 78 y a las herencias franquistas en las estructuras del Estado,así como a la Unión Europea
y la OTAN se han limitado ya a una cuestión de matices. La paradoja de comprobar el apoyo férreo del progresismo español (y sus versiones vasca y catalana) a la Ucrania de Zelensky donde todos los partidos de izquierdas están prohibidos y sus militantes perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados, donde los grupos nazis y ultra nacionalistas forman parte fundamental del Ejército y de la estructura del Estado desde 2014 y que en definitiva no es más que un régimen títere utilizado por la OTAN y, sobre todo, por los Estados Unidos en su lucha por el control de Rusia y contra el desarrollo alternativo de la República Popular China.
La incapacidad del progresismo de entender que los requisitos que en el pasado facilitaron ciertas políticas redistributivas en los Estados centrales del capitalismo imperialista hoy son sencillamente imposibles de implementar, constituye en última instancia su principal limitación. En este sentido, hay que ser contundentes: el idealismo y el voluntarismo hoy día no es la lucha por el socialismo y el comunismo, sino más bien la fe ciega en reeditar una fase del capitalismo ya pasada, corta en el tiempo y que afectó exclusivamente solo a un pequeño grupo de Estados capitalistas centrales.
La abstención
En un escenario como éste de despolitización, apatía y desinterés general, para muchos votantes es fácil llegar a la conclusión del “todos son iguales”; en realidad, no es cierto que todos sean iguales, pero sí es válido afirmar que todos participan de un consenso que en definitiva prácticamente hace desaparecer diferencias sustanciales en las políticas públicas.
Si repasamos las que se consideran como medidas estrellas del gobierno progresista español, como el ingreso mínimo vital -que supuestamente iba a acabar con la pobreza-, la reforma laboral -alabada por los empresarios-, los sucesivos presupuestos generales, o por otro lado, las de carácter más social o de ampliación de derechos y libertades, apenas si
han tenido una incidencia real en la mayoría trabajadora de los pueblos del Estado español.
En un reciente artículo publicado en Público se destacaba como el Estado español ha salido de la pandemia con ricos más ricos y pobres más pobres. Aunque el artículo se empeña en destacar que la pobreza se ha atenuado gracias al “escudo social” y a la gestión de los ERTEs -el artículo se cuida mucho en señalar como el mecanismo de los ERTEs supuso un
enorme trasvase de rentas para las empresas-, en él se tiene que reconocer lo evidente: “De hecho, el tramo de los mileuristas, el de quienes ingresan de 12.000 a 20.000 euros brutos anuales es el único de los tres cuya masa salarial crece para hacerlo en algo más de 2.500 millones, aunque eso solo supone 80 euros por cabeza”.
Por otro lado, las medidas implementadas para frenar la escalada inflacionaria han sido un rotundo fracaso. Prácticamente tenemos una inflación acumulada hasta mayo del 13%, con unos precios de los alimentos básicos disparados desde 2022 (carne, pescados, huevos y
lácteos son responsables del 40% de las subidas de precios) y con las hipotecas al alza, la vida de millones de trabajadores y trabajadoras en el Estado español, especialmente en Andalucía con uno de los salarios medios más bajos de todo el Estado, se complica. Por su parte, el Banco de España alertaba de que casi 800 mil familias son incapaces de cubrir sus gastos esenciales ni siquiera tirando de ahorros, mientras que más de un millón 700 mil tenían que recurrir a ahorros para afrontar el día a día,
En una situación como ésta, surge la abstención como fenómeno al que el progresismo es incapaz de dar respuesta. En realidad, la abstención salvo determinados casos concretos es un fenómeno complicado de analizar; si nos centramos en el caso andaluz, sucesivamente, elección tras elección, comprobamos como la abstención se centra principalmente en los barrios más degradados social y económicamente, pero también en los barrios obreros y populares. En las pasadas elecciones municipales, en Andalucía se registró una abstención del 38,65%, unas de las más altas del Estado español junto a Catalunya, Baleares y Canarias; en la provincia de Málaga se superó el 40%, y en la de Cádiz fue del 43,5%; en los tres municipios más poblados de la provincia -Jerez, Cádiz y Algeciras- la abstención fue del 43,6%, 38,3% y 50% respectivamente. En La Línea la abstención llegó al 53%.
La abstención no es en sí misma de izquierdas en Andalucía pero sí es potencialmente de izquierdas dada su localización y parece más que evidente que la falta de cambios reales, el incumplimiento de las promesas e incluso por qué no decirlo la total y absoluta falta de empatía hacia la clase obrera en general y hacia los sectores más vulnerables de la misma,
la alimentan. La desidia, el pesimismo y la desconfianza hacia un progresismo español alejado de las necesidades reales de su electorado potencial más directo son evidentes. Por otro lado, la desmovilización generalizada, la inexistencia de estructuras de organización obrera y popular, la ausencia de espacios culturales ajenos a las lógicas capitalistas
neoliberales y del nacionalismo español, y en definitiva, la ausencia o la lejanía de referentes políticos es el caldo de cultivo no solo de la apatía, sino de la expansión de valores reaccionarios funcionales al capitalismo neoliberal y al nacionalismo español. Si la gente “se ha hecho de derechas” o impera un “sentido común reaccionario”, como sostienen determinados sectores del progresismo español, deberían indagar en esta dirección.
Cabe la posibilidad de que en las próximas elecciones del 23 julio haya un repunte de la participación, o siendo más concretos, cabe la posibilidad de que el electorado potencialmente de izquierdas que se ha venido absteniendo participe y vote al PSOE o a Sumar, pero en todo caso será un voto reactivo, en contra, es decir, contra la posibilidad de un gobierno del PP apoyado por Vox; las primeras decisiones de ayuntamientos y
comunidades autónomas gobernadas por el PP junto con Vox o con su apoyo, animará sin duda a muchos votantes que se han abstenido o que han votado por opciones de izquierdas minoritarias; sin embargo, las declaraciones de María Jesús Montero, Ministra de Hacienda, de abordar con “serenidad” la propuesta del Círculo de Empresarios de retrasar la edad de jubilación a los 70 años, la ocurrencia de clara inspiración neoliberal de la “herencia universal” de Sumar o que esta candidatura haya fichado a Elizabeth Duval como portavoz de feminismo, inevitablemente también restará apoyos.
Centrándonos en Andalucía
Estamos ante un cambio de ciclo hegemónico. La modernidad comenzó en 1492, con la hegemonía española -en la que Andalucía tuvo mucho que ver-; en el siglo XVII, tras la Guerra de los 30 años, el centro hegemónico se desplazó a Holanda, en el XIX, tras las guerras napoleónicas, Gran Bretaña se hizo con la hegemonía mundial hasta las dos guerras mundiales del siglo XX y la trágica caída de la Unión Soviética, que confirmaron a los EEUU como la gran potencia hegemónica imperialista mundial. Hoy, esa hegemonía está en cuestión, hemos entrado en una fase convulsa que puede durar hasta 2030 o 2040, en la que EEUU está dispuesto a lo que sea por no perder su hegemonía y dar lugar a un
mundo multipolar.
Por otro lado, el capitalismo nos ha metido en un callejón sin salida energético, el capitalismo de las renovables es sencillamente inviable. El capitalismo sólo nos puede llevar al colapso civilizatorio, del que para colmo quieren responsabilizar a la clase obrera por sus hábitos de consumo y no al derroche de las élites y a un capitalismo caótico. Todo esto tiene como consecuencia que el colonialismo extractivo en Andalucía va a ir a más, nuestra situación de marginación y periferia es estratégica para el imperialismo de los EEUU y de los Estados europeos. Puede que hoy tengamos un mayor PIB y mayor bienestar material que en 1977, pero la Andalucía de hoy está mucho más enfocada a la extracción de recursos y plusvalías que no repercuten en nuestro pueblo que la Andalucía de hace 46 años.
Si algo nos debe quedar claro es que el capitalismo español, hoy consolidado en una oligarquía imperialista, hubiera sido inconcebible sin el saqueo y la explotación del pueblo trabajador andaluz, y sin la inserción de Andalucía como un país periférico, dependiente y colonizado.
De todo esto, al igual que de las bases militares imperialistas en Andalucía, así como del papel del régimen postfranquista español, la UE y la OTAN en Andalucía, nadie dirá nada en esta campaña. Tampoco se dirá absolutamente nada sobre las condicionalidades asociadas a los fondos Next Generation de la Unión Europea que con tanta alegría ha
distribuido la Junta de Andalucía del PP, vía BOJA -todo un festival de subvenciones-, entre su base social más cercana.
Con frecuencia en el que viene a ser el principal referente electoral del andalucismo de izquierdas, Adelante Andalucía, existe una ausencia total de un discurso sobre cómo Andalucía se inserta en el Estado español y en el conjunto de la economía mundial capitalista. Es cierto que se habla de extractivismo y de sus consecuencias nefastas para Andalucía, pero pocas o ninguna vez de su causa, que no es más que la inserción de Andalucía como nación en la periferia del imperialismo español, del bloque de Estados imperialistas europeos y los Estados Unidos.
Tampoco ayuda mucho el uso del término “colonialismo interno”, al menos para Andalucía como hecho nacional periférico y oprimido. Si, como principio general, toda nación colonizada está integrada económica, política y culturalmente en un Estado central, entonces la distinción entre un colonialismo “interno” y otro “externo” se convierte en
errónea y confusa. El colonialismo interno solo puede ser aplicable a grupos étnicos o minorías nacionales que sufren un expolio o explotación, el caso más paradigmático fue el de la Sudáfrica del Apartheid, pero es también válido para los afroamericanos y latinos en
los Estados Unidos, para poblaciones indígenas en países latinoamericanos, o incluso, aquí mismo en Andalucía se pueden dar casos de colonialismo interno con los trabajadores inmigrantes (magrebíes y subsaharianos) del plástico en Almería o las trabajadoras
marroquíes de los frutos rojos en Huelva.
Las consecuencias de ser periférico y dependiente se perpetúan, estigmatizando a todo un pueblo: el 29% de la población vive en la pobreza, mientras que el 14% la sufre de manera severa. De los 15 barrios con menor renta por habitante del Estado español, 10 son andaluces; 10 municipios de los 15 con la menor esperanza de vida y 12 de los 15 con
mayor tasa de paro son andaluces. El PIB por habitante andaluz es un 20% menor a la media del Estado español y un 38% a la de la Unión Europea. Un 29,4% de los menores andaluces de 18 años viven en la pobreza. La tasa de pobreza severa infantil se sitúa en el 15%. Y todo ello, en un contexto de salarios bajos, -se calcula que el salario medio andaluz
viene oscilando entre el 9 y el 11% menos que la media española-, precariedad laboral, y como se ha señalado anteriormente alta inflación, especialmente de los productos básicos.
Cada vez más, las grandes ciudades andaluzas están sufriendo graves problemas habitacionales con precios de venta y alquileres disparados. Málaga es el ejemplo más claro, una de las provincias con los sueldos más bajos de todo el Estado español -y eso incluye a la capital como a la Costa del Sol (Algarvía) y Axarquía- pero donde más han subido los precios de venta y alquileres de vivienda en todo el Estado. En la propia ciudad
de Málaga se está dando un fenómeno por el cual muchas personas trabajadoras están abandonando la ciudad, siendo sustituidos por “nómadas digitales” y CEOs de multinacionales, lo que provoca que los precios sigan en una espiral insostenible.
Mientras la sequía, alimentada por la sobreexplotación y extensión de regadíos, así como por inútiles políticas públicas amenaza a nuestro sector fundamental, el pilar de nuestro país: la agricultura. Nadie hace nada, nadie propone nada, con un Estado que se ha desentendido de este sector y una Junta de Andalucía que solo piensa en regar de subvenciones a su clientela de terratenientes VIPs, como a la Casa de Alba, y a los grandes fondos de inversión especulativos atraídos por la PAC.
Ya hemos comentado en otras ocasiones las limitaciones que el proyecto político de Adelante Andalucía padece para ofrecer una salida a los problemas de fondo del pueblo andaluz y la clase obrera andaluza; no es cuestión de volver a repetir lo mismo, pero no podemos pasar por alto lo ocurrido en las elecciones municipales con las candidaturas de Adelante Andalucía. Quizá, en esta ocasión convendría incidir en algo que apenas hemos tocado hasta ahora y que ha podido tener que ver hipotéticamente con lo ocurrido en las municipales y en la posterior decisión de Adelante para presentar candidatura sólo por Cádiz de cara a las elecciones del 23 de julio. Formulamos la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto Adelante Andalucía supone un proyecto político de ruptura y diferenciado al del
progresismo español, en concreto, al de Sumar?, ¿hasta qué punto Adelante Andalucía no es más que una versión andalucista del progresismo español? Las municipales han dejado como evidencia que para muchos votantes la nota diferencial de Adelante con respecto a
Sumar, el andalucismo, o bien no era algo que realmente marcara la diferencia con Sumar o bien no era importante. Quizá esta visión se pueda ver reforzada por la decisión de solo concurrir por la circunscripción de Cádiz, justificada ésta, entre otros motivos, en no
competir con Sumar, asumiendo el discurso de la excepcionalidad y del que viene la derecha, pero también asumiendo que su proyecto y su discurso no mantiene una entidad y una solidez que la diferencie de Sumar.
Tres últimas consideraciones desde la izquierda y el soberanismo andaluz
La primera. El andalucismo realmente marcará la diferencia en este contexto siempre que sea soberanista y tenga como objetivo la soberanía nacional andaluza, la emancipación política, económica y cultural del pueblo andaluz, asumiendo un proyecto socialista de liberación nacional. Igualmente, la lucha por la soberanía nacional andaluza tiene que plantear una ruptura con el Estado español postfranquista, con la Unión Europea, el euro y la OTAN. Solo asumiendo estas cuestiones hoy el andalucismo puede marcar la diferencia con el progresismo español en todas sus versiones, y ojo, eso también implica diferenciarse de las versiones vasca y catalana del progresismo español.
Al respecto, los discursos de un populismo andalucista que pretende superar lo identitario para priorizar cuestiones socioeconómicas, del tipo: “El andalucismo es algo más que una bandera”, “El andalucismo tiene que ver con las cosas de comer”, etc. Fallan en tanto se despolitiza la reivindicación andalucista, no explicando que sólo un poder político andaluz -soberanía nacional- en manos de la clase obrera y los sectores populares puede dar satisfacción a las necesidades básicas del pueblo trabajador.
La segunda. La crisis organizativa en Andalucía es brutal, insistir en lo electoral sin una base social y sin un pueblo trabajador andaluz organizado es inútil y solo hace recordar a aquella frase falsamente atribuida a Einstein: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez y
esperar resultados diferentes”. La crisis organizativa popular que ha dejado la llamada nueva política junto con ciertos métodos organizativos voluntaristas arraigados en Andalucía se tienen que solucionar volviendo a organizar al pueblo y a la clase obrera andaluza desde lo más concreto y cercano. Igualmente, esta crisis organizativa nos está dejando un panorama complicado donde la precariedad laboral tan característica de Andalucía, el miedo a señalarse, a quedarse en la calle, etc., está haciendo especialmente mella. Las organizaciones se están viendo incapaces de afrontar y solucionar el miedo a organizarse.
La tercera. Hace falta plantear el debate de cómo defender nuestra cultura y señas de identidad teniendo en cuenta la relación de algunas de éstas con manifestaciones religiosas. Más allá de la opinión que se pueda tener por ejemplo de la Semana Santa, la cuestión es que ésta es utilizada para construir discursos andaluzófobos “ilustrados” o incluso de “izquierdas”, algo muy parecido a lo que ocurre con la islamofobia, es decir, si el
discurso islamófobo supuestamente progresista e ilustrado dice que los musulmanes son siempre y en todo caso fanáticos, retrogrados y reaccionarios, adjudicándole esas características a las personas de contextos musulmanes, independientemente de cómo vivan esas personas su religión o incluso hasta de si no son especialmente religiosas o ateas, con las manifestaciones de la religiosidad popular andaluza suele pasar lo mismo: el pueblo andaluz es caricaturizado y ridiculizado por sus manifestaciones religiosas independientemente de los contextos y situaciones. Por otro lado, negar el uso que de estas manifestaciones hace el nacionalismo español, es negar no solamente lo evidente sino el problema y posibles soluciones progresistas y andalucistas.
Antonio Torres.



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