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Sindicatos y clase obrera en la Constitución Andaluza de 1883

INTRODUCCIÓN

Luchar por los intereses de la clase obrera y del pueblo trabajador andaluz, es luchar contra el sistema capitalista así como contra todos los regímenes políticos, surgidos o por surgir, que lo sostienen. Es la primera determinación de la lucha contra la explotación obrera y contra la explotación de nuestro pueblo. Desde el Sindicato Unitario de Andalucía sostenemos que la propuesta de constitución andaluza de 1883, es una propuesta para un régimen político anti capitalista andaluz. No es una propuesta de democracia avanzada y ya, sino que es una propuesta democrática y anti capitalista, es decir, revolucionaria.

Esto constituye una de las principales razones por la que esta propuesta de constitución andaluza está condenada, en el mejor de los casos, a ser un objeto de anticuario por casi la totalidad del andalucismo y de casi la totalidad de las izquierdas española y andaluza. Y es por esto también, la
principal de las razones que nos lleva a la clase obrera consciente y organizada en el Sindicato Unitario de Andalucía a defender esta propuesta de constitución andaluza con todas las armas que tengamos en cada momento a nuestro alcance. Veamos.

ABOLICIÓN DEL TRABAJO ASALARIADO

Los objetivos fundamentales que persigue nuestra propuesta constitucional, señalados en los primeros artículos en todos los ámbitos constitucionales (municipal, cantonal y federal), así como el resto derechos y libertades que se recogen a lo largo de todos los textos, se igualan, incluso superan, a los derechos y libertades reconocidos en todas las constitucionales llamadas democráticas del mundo occidental, las constituciones neo liberales de nuestros tiempos: respeto y protección de los derechos humanos, libertad de pensamiento, sufragio universal, derechos laborales…

Pero dentro de los objetivos fundamentales resalta uno que la hace diferente, la hace anti capitalista y hace que el conjunto de derechos y libertades estén al servicio de la gestación del alma de la sociedad comunista. El artículo 4 sobre el objeto de la Federación en su apartado D dice lo siguiente: “Estudiar en principio la Igualdad social y preparar su advenimiento definitivo, consistente en la independencia económica de todos”. Objeto que se repite en la constitución del cantón andaluz en su
artículo 4 sobre el objeto de la federación cantonal en su apartado D con el siguiente tenor: “Preparar el advenimiento de la verdadera igualdad social, mediante la independencia económica del pueblo”.

Y en la del municipio andaluz en su artículo 5 sobre los objetivos del municipio en su apartado A insiste: “Realizar, mantener y garantizar la República representativa y comunal, y la democracia igualitaria, preparar el advenimiento de la completa igualdad social, mediante la independencia económica del Pueblo”. Porque estudiar la igualdad social y preparar su advenimiento definitivo mediante la independencia económica del pueblo es la esencia de la gestación de la sociedad comunista, al menos para las organizaciones obreras conscientes como somos los sindicatos de clase.

Igualdad social no es lo mismo que igualdad ante la Ley. Esta última se reconoce en todas las constituciones democráticas. Es un derecho adquirido por la burguesía en las revoluciones liberales desde el siglo XVII hasta hoy. Pero la igualdad social, y más aún, si ésta no es posible salvo con la conquista de la independencia económica de todos, nos indica que no hay igualdad sin el igual acceso de todos a los bienes materiales y espirituales necesarios para la vida, tal y como define la igualdad social el propio Blas Infante.

Porque en las sociedades de dominación que surgieron en el Neolítico, pasando por las sociedades esclavistas, las feudales y la actuales capitalistas, no todos, no los pueblos, no las personas productoras ni las demás trabajadoras tenemos independencia económica. Hemos tenido que sufrir y sufrimos la explotación de nuestros cuerpos y de nuestras almas para poder sobrevivir. Quienes han ostentado y ostentan el poder si que tienen derecho al acceso a todos los bienes necesarios para la vida, los que nosotras producimos y ellos gozan y disfrutan.

Todo ser humano nace bajo unas estructuras sociales y políticas determinadas, así como bajo una forma de interpretación del mundo. Y esas estructuras sociales (como hemos dicho, desde el neolítico en algunas zonas; no antes, no en todas las zonas), determinan que una élite puede actuar con libertad pues tienen a su disposición todos los bienes materiales y espirituales necesarios para la vida.

Bienes que tienen asegurados desde la cuna hasta la tumba.

El resto de seres humanos, los que producimos toda la riqueza, lo que tenemos asegurado desde la cuna hasta la tumba es mantenernos como mano de obra y reproducirnos como mano de obra pues sólo poniendo nuestros cuerpos y nuestras almas en la labor de producir riquezas para otros podemos tener cierto acceso y restringido a los bienes necesarios para la vida. El que nace rico, muere rico y el que nace pobre, muere pobre.

El trabajo esclavo, el servil y el asalariado son las formas que han adquirido y adquieren la relación entre poseedores y poseídos. Siendo el trabajo asalariado la más sutil de las formas de explotación,
pues la ideología dominante (la de la clase dominante), ha logrado penetrar en las conciencias para hacernos creer que trabajar para otros, es la forma más digna de vida. Aunque si fuera así, ellos mismos se estarían llamando indignos. Pero que no lo son, ellos también nacen bajo las mismas estructuras sociales, políticas, económicas, ideológicas que nosotros. Aunque, en todo caso, como construcción humana que es, estas estructuras tendrán un fin y darán origen a nuevas formas de relación.

Nuevas formas de relación basadas en la igualdad (entendida como derecho de todos a todos los bienes necesarios), la libertad (que te hace humano, que dejas de ser herramienta), la cooperación, la ayuda mutua y el beneficio recíproco. Nuestra constitución es un programa político que se propone la eliminación de la dependencia económica de unos con respecto a otros, la dependencia de los productores de los poseedores. La humanidad ya consiguió la igualdad ante la Ley, ahora nos resta la conquista de la verdadera igualdad social, la independencia económica del pueblo, de todos.

Entonces, ¿estamos ante una propuesta política utópica? Porque de seguro que la inmensa mayoría de la clase obrera y demás trabajadores asalariados tienen asumido que sin trabajo asalariado no es posible vivir (casa, ropa, comida, cuidados…), al igual que también lo piensa la totalidad de las clases explotadoras. Pero esto mismo pensaban la inmensa mayoría de esclavos y esclavistas y lo mismo los siervos y los señores. Aún así y desde el poder se puso fin a las anteriores relaciones de trabajo. El
Estado en la antigua Roma derogó la esclavitud y estableció el colonato, adscribiendo a los trabajadores a la tierra. Dejaron de ser propiedad de alguien pero una buena parte del producto de su trabajo pasaba a ser recaudado como impuestos por las clases poseedoras.

El trabajo servil también fue derogado por las clases dominantes, en este caso de la mano de Napoleón. Bueno, mas bien de la espada de Napoleón. Allí por donde pasaban sus ejércitos se abolía de golpe el trabajo servil. Por lo tanto, la abolición del trabajo asalariado no podrá venir tras la concienciación colectiva y masiva, ni por una victoria electoral. Sino por una decisión de la élite que controle los resortes del Estado. La constitución andaluza presupone, por lo tanto, la existencia de un
poder revolucionario con capacidad de imponerla. También pensaba así, mas tarde, el propio Blas Infante dejándolo por escrito en la dictadura pedagógica . Es decir, mediante un acto revolucionario.

Al igual que sin esclavos no hay esclavismo, sin trabajo servil no hay feudalismo. Y sin trabajo asalariado no habrá capitalismo.

Aunque a pesar de ser la consigna de la abolición del trabajo asalariado es para Marx y Engels el objetivo fundamental en la lucha sindical, ningún partido o sindicato marxista, anticapitalista, de izquierda, de España, de Andalucía y la Humanidad se propone tal tarea. Ninguno de los miembros de estas organizaciones que militan o se afilian en las organizaciones sindicales, se proponen acabar con el trabajo asalariado. En el mejor de los casos sólo a mejorarlo, a mejorar la explotación capitalista.

Y aunque no podemos dejar de luchar por la mejora constante de nuestras condiciones de trabajo y de vida pues, en palabras de Marx, nos veríamos degradadas en una masa uniforme de mujeres y hombre desgraciados y quebrantados, sin salvación posible, tampoco podemos olvidar que la tendencia general en el capitalismo es a bajar los salarios, no a subirlos. Por eso, Marx nos advierte:

“Al mismo tiempo, y aun prescindiendo por completo del esclavizamiento general que entraña el sistema de trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerar ante sus propios ojos el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de: «¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!», deberá inscribir en su bandera esta consigna tevolucionaria: «¡Abolición del sistema de trabajo asalariado!»

EL PROCESO DE ABOLICIÓN DEL TRABAJO ASALARIADO

Nuestros republicanos federales intransigentes andaluces tenían en cuenta que la abolición del trabajo asalariado no puede establecerse por decreto. Por eso lo que se proponen es “estudiar y preparar el advenimiento de la verdadera igualdad social”, aunque, eso sí, estableciendo los primeros pasos en este sentido. Y por ello, corresponde al poder legislativo federal:

– La organización y existencia de los gremios profesionales destinados a garantizar los intereses colectivos de los operarios en sus relaciones con el capital, pero sin intervención en los asuntos interiores de dichos gremios.

– La creación y sostenimiento de Consejos y oficios para la. dirección facultativa de los gremios, pero sin autoridad directa sobre ellos.

– Otorgar crédito en favor de las sociedades obreras, ya agrícolas, ya industriales.

– El cultivo y colonización de los bienes, raíces, la región y su explotación industrial por parte de las referidas sociedades como arrendatarias preferidas del Estado.

O sea, por un lado se permite la existencia del capital privado pero asegurando, protegiendo y mantenimiento para los trabajadores y trabajadoras a sus organizaciones sindicales y prohibiendo la intervención del poder y la autoridad sobre las mismas. Y por otro lado, convierte a esas organizaciones obreras en las arrendatarias preferidas del Estado, en lugar de las de capital privado.

Aquí tenemos que tener en consideración que Blas Infante va más allá en relación al capital privado cuando nos dice en La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía, que el capital ha de igualarse al trabajo en tanto que capital no es más que trabajo acumulado, trabajo producido por los productores y acumulado por los poseedores. Por ello propone Infante que los trabajadores formen parte de los consejos de administración de las empresas, al mismo tiempo que los sindicatos nos constituyamos en cooperativas para la explotación de las riquezas naturales, su transformación en la industria y la creación de empresas públicas para la creación de los productos que se necesiten importar.

LA POLÍTICA.- Los poderes en el Estado revolucionario.

En el Manifiesto fundacional de la I Internacional de 1864, Marx expone a los partidos obreros y sindicatos presentes el balance de los malos resultados de las aspiraciones obreras en las revoluciones liberales de 1848. Pero también resalta los avances conseguidos por la clase obrera industrial en Europa occidental, entre los que destaca la experiencia del trabajo cooperativo, sin patrones, sin propietarios, sin explotadores. Decía lo siguiente:

“Pero estaba reservado a la Economía política del trabajo el alcanzar un triunfo más completo todavía sobre la Economía política de la propiedad. Nos referimos al movimiento cooperativo, y, sobre todo, a las fábricas cooperativas creadas, sin apoyo alguno, por la iniciativa de algunas «manos» audaces. Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de las «manos»; han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que cumple su tarea con gusto, entusiasmo y alegría…”.

“Al mismo tiempo, la experiencia del período comprendido entre 1848 y 1864 ha probado hasta la evidencia que, por excelente que sea en principio, por útil que se muestre en la práctica, el trabajo cooperativo, limitado estrechamente a los esfuerzos accidentales y particulares de los obreros, no podrá detener jamás el crecimiento en progresión geométrica del monopolio, ni emancipar a las masas, ni aliviar siquiera un poco la carga de sus miserias. Este es, quizá, el verdadero motivo que ha decidido a algunos aristócratas bien intencionados, a filantrópicos charlatanes burgueses y hasta a economistas agudos, a colmar de repente de elogios nauseabundos al sistema cooperativo, que en vano habían tratado de sofocar en germen, ridiculizándolo como una utopía de soñadores o estigmatizándolo como un sacrilegio socialista. Para emancipar a las masas trabajadoras, la cooperación debe alcanzar un desarrollo nacional y, por consecuencia, ser fomentada por medios nacionales. Pero los señores de la tierra y los señores del capital se valdrán siempre de sus privilegios
políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos. Muy lejos de contribuir a la emancipación del trabajo, continuarán oponiéndole todos los obstáculos posibles…”. “La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera”.

Efectivamente, como hemos dicho más arriba, el cambio de unas relaciones de producción por otras, de unas formas de propiedad a otras, sólo ha sido posible desde las estructuras del poder. Desde las estructuras de un Estado determinado. Con la esclavitud en la antigua Roma acabó la clase dominante romana, no fueron los feudales. Al igual que el feudalismo no fue derrotado por los campesinos dependientes sino por la unión de los grandes señores de la tierra con la alta burguesía y desde las
estructuras estatales. Al tiempo que se produce el declive de unas formas de relaciones de producción, van naciendo otras nuevas. Y dado que esos cambios se producen desde las estructuras del poder, para que unas relaciones de explotación no surjan unas nuevas y mejores formas de
explotación, deberemos ser las clases explotadas quienes lo hagamos desde las estructuras de poder que seamos capaces de dotarnos.

Al conocer Marx la experiencia de la Comuna de París de 1871, forma de gobierno municipal en manos del pueblo y de la clase obrera parisina (aunque la experiencia se extendió a otras ciudades como Marsella o Besanzon), la entendió como la célula del nuevo Estado a construir en la que fuera el pueblo y la clase obrera la clase dominante. Comunas, soviets, juntas, cantones… diferentes nombres para una misma realidad: la constitución de poderes populares (contra poder), en cuanto el poder
central quiebra políticamente ante una crisis irresoluble. Es una ley natural de las sociedades y puede ser el momento en el que la clase explotada pueda hacerse del poder necesario para transitar hacia la
eliminación del trabajo asalariado, para transitar en la evolución humana que nos aleje un poco más del homo sapiens y nos acerque a ser personas.

Son los órganos propios de los momentos constituyentes de las naciones que, en determinadas ocasiones, conquistan el privilegio de constituirse en Estado. Cuando el resultado es un nuevo sistema de dominación, la élite en el poder hace desaparecer al poder constituyente pues, como tal, es una amenaza permanente para el poder constituido. Marx, Engels, Lenin y nuestros constitucionalistas andaluces lo tenían claro: el poder constituyente no puede morir una vez que haya dado lugar al poder constituido. Por eso la consigna bolchevique de “todo el poder a los soviets” o el artículo 1 de la constitución del municipio andaluz, al que se le otorga la condición de primera determinación de la soberanía. En el que todos los órganos legislativo, ejecutivo, judicial e incluso militar están en manos del pueblo (como poder constituyente) de forma permanente.De la unión de todas esas soberanías municipales surge el nuevo Estado, la nueva patria, la primera patria que pudiera ser la patria común de toda la clase obrera y el pueblo andaluz.

Y al igual que Marx, Engels o Lenin, nuestros constitucionalistas parten del papel protagónico de la clase obrera. Además de asegurar que las cooperativas gestionadas desde las propias organizaciones sindicales obreras, sean las arrendatarias preferentes del Estado, para el poder legislativo federal se reserva el 50% de miembros a los representantes de esas organizaciones, en el número que corresponda según la afiliación de cada una de ellas. El otro 50% será para los diputados de población,
elegidos por sufragio universal, libre, directo y secreto. Garantizando de esta forma la participación de la clase obrera en la elaboración de las leyes estatales, tanto las leyes políticas como las económicas.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Primero.- Luchar por los intereses de la clase obrera y del pueblo andaluz es la lucha por constituir la patria del proletariado y del pueblo andaluz, en la que esté erradicado el trabajo asalariado y todo tipo de trabajo dependiente.

Que sólo se puede iniciar el proceso de abolición del trabajo asalariado desde las estructuras del poder. En primer lugar de las organizaciones populares de contra poder, como órganos constituyentes, para, una vez desde el poder, iniciar los cambios en las relaciones de producción de todas las empresas públicas.

Que la economía pública reside en las manos de los trabajadores organizados en sus sindicatos, planificada desde el poder legislativo en el que el 50% de sus miembros son elegidos directamente por los trabajadores y ocupados por sus representantes sindicales.

Que desde los órganos burgueses, como parlamentos o comités de empresa, no se adquiere el poder de cambio de esas relaciones de explotación de nuestra clase y de nuestro pueblo. Y que la realización
del poder desde las organizaciones populares y de los trabajadores sólo será posible en un proceso violento y revolucionario, donde los que hoy son nada, pasemos a ser todo.

Segundo.- A diferencia de las constituciones liberales burguesas en las que el pueblo tiene un día para hablar y cuatro años para ser gobernados, la de nuestros constitucionalistas regulan el mantenimiento del
poder constituyente del pueblo de forma permanente. Nuestros gobernantes gobernarían obedeciendo al pueblo y no a las multinacionales. De forma que se articulan métodos para los
referendums vinculantes, para la iniciativa popular legistativa y la revocación de los cargos que no actúen de acuerdo con los criterios constitucionales.

Que la constitución del nuevo estado para la nueva patria es de abajo hacia arriba. No existe ningún poder superior a la federación de los cantones andaluces que no otorgue privilegio alguno para constituirnos políticamente. Nuestra constitución como pueblo, nuestra constitución como clase obrera consciente, organizada y ejercitante el poder queda garantizada por la propia Constitución.

Que nuestra constitución, a diferencia de las constituciones hermanas de Castilla la Vieja, Asturias, Aragón… no admite poder central alguno que nos permita ser lo que queramos ser. No contempla un Estado unitario descentralizado, sino la posibilidad de ampliar nuestra república andaluza con otros territorios que compartan nuestros principios fundacionales democráticos en tanto que democracia signifique poder del pueblo.

Tercero.- Que en tanto no existe poder popular alguno dispuesto a la construcción, a la constitución política de la clase obrera y del pueblo andaluz, los sindicatos y partidos no podemos dejar de luchar por la
mejora constante de nuestras condiciones de vida y de trabajo. Pero teniendo claro que, de quedarnos en esa lucha inevitable, estaremos luchando contra los síntomas, no contra la enfermedad. Que luchar dentro de los márgenes que establece el poder burgués constituido, nos convierte en parte del sistema, no en su contra poder.

Miguel Cano y David Juliá.



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