Andaluzas que escriben sobre Andalucía, el Mediterráneo y el mundo


Andalucía en la batalla global por la energía y los recursos mineros

Toda revolución tecnológica o industrial a lo largo de la Historia de la humanidad ha sido posible gracias a diferentes fuentes de energía, desde los alimentos que garantizan la energía a los propios seres humanos –y en general a todos los seres vivos- para poder vivir y desarrollar su fuerza de trabajo hasta las más complejas y más modernas máquinas, necesitan una fuente de energía. La electricidad para crearse necesita de fuentes de energía naturales: carbón, petróleo, gas o las llamadas renovables: viento, sol, etc., o el agua como fuente parcialmente renovable.

Una de las grandes encrucijadas civilizatorias es la de resolver la contradicción entre la obtención de una fuente de energía limpia –tanto en su obtención como en su consumo-, y el continuo desarrollo y revolución de fuerzas productivas, en un sentido amplio, entendidas no solo como medios de producción, sino también de transporte, comunicación, etc., con la creciente demanda energética que eso supone. Ya en 2018, un informe de The Guardian estimaba para este año 2025 que la industria de las comunicaciones iba a suponer el 20% del consumo mundial energético, siendo para 2020 el 3,5% de las emisiones globales. En 2023, Google y Microsoft consumieron más energía que 100 países distintos, ambas compañías admitieron un aumento del 31% de sus emisiones desde 2020  en el caso de Microsoft y de un 48% para Google desde 2019. Según explicaban en un artículo publicado en la eléctrica española Endesa entrenar un modelo avanzado de lenguaje como ChatGPT, genera una huella de carbono comparable a la emitida por 125 vuelos de ida y vuelta entre Nueva York y Pekín, o a la de cinco automóviles durante todo su ciclo de vida, incluyendo fabricación y uso; el entrenamiento de GPT-3, la tercera generación de estos modelos de predicción de lenguaje, requiere hasta 78.437 kWh según el Instituto de la Ingeniería de España, una cifra comparable al consumo de energía de un hogar medio en el Estado español durante 23 años. A día de hoy los grandes súper ordenadores son responsables del 6% de las emisiones globales, superando a un sector que siempre se ha destacado por sus elevadas emisiones: la aviación comercial. Igualmente, los grandes súper ordenadores encargados de los procesos de datos se están destacando por el alto consumo de agua necesario para refrigerarlos: cada centro de datos de Microsoft necesita 125 millones de litros de agua al año, según se publicaba recientemente.

No nos encontramos solamente con un problema energético, es decir, de proveer la energía necesaria para poner en funcionamiento la base de la actual y futura economía basada en el “conocimiento”, sino con la demanda de ingentes recursos minerales. El auge de la minería es innegable y con ella la fiebre de las llamadas tierras raras, de las que curiosamente la República Popular China es el mayor productor mundial. A ello hay que añadir también la alta demanda de minerales necesaria para la denominada transición ecológica; el coche eléctrico, la fabricación de electrolizadores para el hidrógeno verde, la fabricación de placas fotovoltaicas o las turbinas eólicas requieren necesariamente de estos minerales. La posibilidad de cubrir esta demanda reciclando es eso, solo una posibilidad futura.

Según la multinacional española Repsol: Los escenarios que se manejan son un aumento de más del 40% para el cobre y las tierras raras, del 60% al 70% para el níquel y el cobalto, y estimaciones de casi el 90% para el litio. En general, la demanda de minerales críticos para 2040 podría multiplicar entre cuatro a seis veces la actual.

Aunque todas estas cuestiones se vienen discutiendo desde los últimos años, especialmente desde la pandemia o desde la intervención rusa en Ucrania, lo cierto es que con la llegada al poder de Donald Trump, acompañado del hombre, según Forbes, más rico del mundo, Elon Musk, la lucha por los recursos energéticos y minerales ha adquirido una dimensión nueva guiada por el America First y por la promesa mesiánica
de un renacimiento americano. Nada más alejado de la realidad que pensar en Trump como un outsider excéntrico que actúa por capricho, no, todas las decisiones que desde el minuto uno está implementando el presidente norteamericano y su equipo siguen un plan perfectamente coherente con ese fin último de un renacimiento americano que mezcla nostalgia, nacionalismo y supremacismo imperial. La recurrente
imagen de una típica familia estadounidense –blanca por supuesto- sonriendo mientras posa en el porche de su casa mostrando toda una gama de productos Made in USA, empezando por el coche, puede parecernos una impostura, pero forma parte de una eficaz propaganda con la que Trump busca el consenso popular hacia sus propuestas políticas que, sin duda, están provocando ya muchas turbulencias dentro
de la sociedad norteamericana. No en vano la burocracia de los sindicatos de la automoción norteamericanos apoyó la propuesta de aranceles de Trump, creyendo en la promesa de un improbable renacimiento industrial norteamericano.

Llegados a este punto, ni las pretensiones anexionistas sobre Groenlandia o la propia Canadá, ni el plan de vaciamiento de Gaza y la construcción de un gran resort, ni el sometimiento a Zelensky en el Despacho Oval, ni el continuo desprecio a Europa y a los propios europeos, ni el arriesgado –rozando lo descabellado- plan de devaluación del dólar, ni el despliegue arancelario, por más ridícula y extravagante que nos pueda parecer su puesta en escena, responden a un plan de recuperación de la hegemonía
norteamericana, amenazada fundamentalmente por la República Popular China, y ante la que nos surge una pregunta inquietante: ¿y si todo esto responde a un plan para preparar a los Estados Unidos para la guerra? Porque solo dentro de una lógica bélica tienen sentido determinadas medidas y sería posible un renacimiento industrial.

Concretamente, la cuestión de Groenlandia, Canadá o el “acuerdo” sobre tierras raras con Ucrania, están estrechamente ligadas a todo lo que estamos tratando. Las grandes tecnológicas occidentales (norteamericanas) se están viendo abocadas a desafiar toda regulación estatal y toda restricción a la explotación de la naturaleza, pero también a apoyar la escalada con China, su único competidor, reduciendo, a la
vez, toda forma de protesta entre la población. Aquí es donde estos grupos se alinean lógicamente con las obsesiones del nacionalismo de derecha estadounidense de Trump: para asentar su hegemonía, nada mejor que poder apoyarse en el Estado más poderoso del mundo. Elon Musk lo entendió antes que nadie y tras él han llegado Microsoft, Meta, OpenAI, Google y Uber entre otras. El programa de Trump para 2025 refleja en gran medida los intereses de este sector, buscando, si es necesario
mediante la anexión de Canadá y Groenlandia, controlar los recursos minerales y energéticos necesarios. Al mismo tiempo, se pretende someter a los “aliados” de Estados Unidos a los intereses de las grandes tecnológicas chantajeándoles sobre las regulaciones a la actividad de éstas.

Dada esta situación, debemos poner en contexto la situación de Andalucía en lo que concierte a la producción de energía y a la extracción de recursos mineros.

Empecemos por esto último. Los recursos mineros en Andalucía se encuentran ampliamente distribuidos por toda su geografía. En torno a 260 municipios albergan alguna explotación minera y en 45 de estas localidades el número de explotaciones mineras supera las cinco, según datos de la Junta de Andalucía. La presencia de minerales metálicos, entre los que destacan el cobre, el zinc y el plomo, se concentra en el Macizo Hespérico en el norte de las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba y
Jaén, aunque en el caso del hierro también existen zonas amplias de las provincias de Almería y Granada. El oro y la plata se encuentran en Almería, en el Complejo Volcánico del Cabo de Gata, por un lado, y en la Faja Pirítica, en las provincias de Huelva y Sevilla, por otro.

Las rocas ornamentales carbonatadas, mármoles, calizas y travertinos están muy extendidas en las provincias de Almería, en la Sierra de Macael; y de Granada y, en menor medida, en la Sierra de Huelva. Los granitos ornamentales se centran en el norte de la provincia de Huelva, Sevilla y Córdoba, mientras que las pizarras se encuentran mayoritariamente en las provincias de Almería y Granada. Por su parte, el carbón se halla en el valle del Guadiato, en la provincia de Córdoba y, en menor medida, en la provincia de Sevilla, mientras que los lignitos se localizan en la provincia
de Granada.

 La empresa radicada en Sevilla Eman, dedicada a la ingeniería y la gestión de proyectos, nos dice lo siguiente en su página web: “Andalucía es líder en la producción de minerales en España, aportando aproximadamente el 90% del valor total nacional en metales como el cobre, zinc, plomo y hierro. Este liderazgo se debe en gran parte a la actividad minera en la Faja Pirítica Ibérica y otros yacimientos importantes como Río Tinto y Las Cruces. Estos minerales son fundamentales para la fabricación de
dispositivos electrónicos, vehículos eléctricos y otras tecnologías modernas. Además de los metales, Andalucía también destaca en la producción de minerales no metálicos como la atapulgita y la bentonita volcánica, que tienen diversas aplicaciones industriales. La región también es una importante fuente de mármol, yeso y sal marina,
contribuyendo significativamente a la economía local y nacional.”. Por otro lado, no podemos olvidar que las minas de Alquife, en Granada, es la mayor mina de hierro a cielo abierto de Europa, con un potencial de extracción que se calcula en 4,5 millones de toneladas, y cuya explotación se recuperó en 2020.

Es decir, Andalucía es una potencia minera, lo ha sido desde siempre, prácticamente desde la presencia romana en lo que fue la Bética, hoy Andalucía. El que una gran multinacional británica-australiana de la extracción minera se llame Río Tinto no tiene nada de casual o anecdótico, sino que está profundamente ligado a un pasado y un presente andaluz de extracción y colonización, que tiene en los puertos de Algeciras, Málaga y Motril sus principales puertas de salida a la exportación; a pesar de lo que se pueda pensar sobre la especialización del puerto malagueño en el tráfico de cruceros turísticos, la realidad es que se está dando un crecimiento exponencial de tráfico de contenedores, moviendo en 2024 2.5 millones de toneladas, un 730% más que en 2023.

Entre las mercancías, destacan los minerales, entre ellos el hierro de Alquife.

Por otro lado, ni que decir tiene que la inmensa mayoría de empresas que explotan esas minas son de capital canadiense, australiano, británico, etc.
Atendiendo al mapa de minerales críticos hecho público por la Junta de Andalucía, el Instituto Geológico y Minero analizó la potencialidad de explotación en Andalucía de 17 minerales considerados materias primas críticas por parte de la Unión Europea: antimonio, bario, berilio, bismuto, boratos, cobalto, estroncio, flúor, fosfatos, grafito, litio, platinoides, silicio, tierras raras, titanio, vanadio y wolframio. Todo centrado en reducir la dependencia de los Estados europeos y de los Estados Unidos de la producción china de estos minerales, porque, a pesar de idas y venidas, aranceles que se imponen pero se aplazan para volverlos a imponer y a aplazar, o más allá de las discrepancias sobre Ucrania –donde los recursos mineros y energéticos están en juego- la alianza imperialista entre la Unión Europea y los Estados Unidos tiene un punto nodal de coincidencia: parar el auge de la República Popular China y seguir disfrutando de una situación privilegio en la organización imperialista del mundo.

En cuanto a la producción energética, se podría decir que gracias a las renovables, se lleva un tiempo transitando de un modelo de importación (gas, petróleo, etc.) a un modelo que va tomando cada vez más tintes exportadores. Andalucía tiene aún serios problemas para cubrir su demanda de electricidad, fundamentalmente por falta de inversiones en la red eléctrica andaluza, según denunciaba la propia Junta, Andalucía cuenta con la mitad de red que la media española, de ahí los frecuentes cortes de luz en barrios obreros y populares o zonas rurales andaluzas; pero la cuestión es que el auge de las renovables proporciona a Andalucía la potencialidad de no solo cubrir su demanda de una forma solvente sino además exportar, basándose fundamentalmente  en dos fuentes: energía solar y el hidrógeno verde. En una visita el año pasado al Lander alemán de Baden-Wurtemberg, el consejero andaluz del ramo Jorge Paradela lo dejaba bien claro: “Andalucía juega un papel muy relevante por su potencial en la generación y exportación de energías procedentes de fuentes limpias”. Paradela destacaba el papel a jugar por Andalucía no sólo en los procesos de descarbonización, sino en la proporción de energía a “precios competitivos” y en dar soluciones “propias” a los problemas energéticos de la Unión Europea. Mientras tanto, los llamados huertos solares avanzan cambiando la fisonomía del campo andaluz, proyectos como el de la megaplanta solar entre Córdoba y Jaén que amenaza con expropiar a más de cien agricultores y con talar más de 100 mil olivos, con una superficie equivalente a cien campos de fútbol, son la punta de lanza de otros proyectos quizá no tan ambiciosos como éste pero igualmente perjudiciales en las provincias de Granada y Málaga.

Capítulo aparte merece el proyecto del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde. Según Cepsa, el proyecto cuenta con una inversión de más de 3.000 millones de euros, con dos centros de producción de hidrógeno verde en Palos de la Frontera (Huelva) y San Roque (Campo de Gibraltar, Cádiz). Las plantas tendrán una capacidad combinada de electrólisis de 2 GW y producirán hasta 300.000 toneladas de hidrógeno verde al año.

Para Cepsa: “Andalucía tiene las mejores condiciones para ser una de las regiones del mundo más competitivas y eficientes en la producción de hidrógeno verde. Se trata de uno de los lugares de Europa con capacidad de generación eólica y solar fotovoltaica más competitiva: más del 80% del coste de producción de hidrógeno verde es el derivado del coste de la electricidad renovable. Andalucía consume un 40% del hidrógeno que actualmente se utiliza en España, por lo que Palos de la Frontera y San Roque, donde ya hay presente un tejido industrial relevante, constituyen emplazamientos privilegiados para el desarrollo de proyectos a gran escala. Solo este tipo de proyectos, con acceso a un amplio mix de fuentes renovables y una alta demanda de usuarios finales, podrán ser competitivos”. A todo esto habría que añadir el futuro rol de los puertos andaluces en la exportación de este hidrógeno verde a otras zonas de Europa o los planes de traslado de este hidrógeno verde por tuberías.

Otra cuestión que no se suele abordar demasiado es el papel de Andalucía como puerta de entrada del gas procedente de Argelia, por Tarifa y, sobre todo, por Almería; a pesar de las tensiones entre los gobiernos español y argelino a cuenta de la posición española respecto al Sáhara, hay que destacar que durante 2024 la entrada de gas procedente de Argelia experimentó un aumento del 10% con respecto a 2023.

Igualmente, cabría destacar el papel de la planta de regasificación de gas natural licuado de Huelva, la tercera en capacidad del Estado español tras las de Barcelona y Cartagena.

Con todos estos datos va quedando claro cómo Andalucía perfila aún más su rol histórico de país dependiente, subalterno y periférico, es decir, un rol de exportar los recursos para el desarrollo exógeno. Todas y cada una de las expectativas de explotación de recursos mineros o de producción energética están concebidas tanto por las instituciones andaluzas como por las instituciones españolas para la exportación; si acaso, en un segundo o tercer plano, se tiene en cuenta el desarrollo industrial local, y cuando se hace se centra exclusivamente en los ya conocidos “polos” industriales nunca en la generación de nuevo centros. Hablemos claro, la
aceleración de proyectos como el Valle Andaluz del Hidrógeno Verde no se puede desligar de las necesidades energéticas alemanas y de la apuesta de este país –y de otros de la Unión Europea- por no depender del gas ruso en un horizonte de “independencia” energética europea. Recordando al teórico marxista Samir Amin cabría decir que lo determinante en la calificación de un país como periférico es si su economía está extrovertida y adaptada como un guante a los intereses de los centros de decisión imperialista, como es el caso andaluz respecto a Madrid, Bruselas, Berlín
o Washington. Lo mismo cabría decir sobre los recursos mineros pero, en este caso, respecto a las tierras raras procedentes de China.

La ruptura con este rol periférico y subordinado de Andalucía pasa, necesariamente, por un movimiento que cuestione las bases de las relaciones capitalista; es imposible una salida capitalista a un problema que es creado por el propio desarrollo del capitalismo y su lógica intrínseca polarizante. La alternativa pasa por tanto por la soberanía nacional en clave socialista, por esa desconexión de la que hablaba el
citado Samir Amin: “No se trata de una simple autarquía sino de la inversión de la lógica actual. En lugar de adecuarse a las tendencias dominantes a escala mundial, debe actuarse para que esas tendencias se adecuen a las exigencias internas”. Aunque pueda parecer una mera expresión voluntarista, la mejor política energética será la que consiga desarrollar una Andalucía acorde a sus necesidades, que, lejos de ser una abstracción, son las necesidades de una inmensa mayoría trabajadora que no dispone de otro recurso para (mal)vivir que vender su fuerza de trabajo.

Ellos hablan de hacer de Andalucía “la Arabia Saudí” del hidrógeno verde, quizá, en vez de que otros decidan en qué nos quieren convertir –siempre según sus intereses-, ha llegado el momento de que no decidan por nosotros y de que no nos impongan ser ninguna “Arabia Saudí”, y decidamos cuáles deben ser los referentes a seguir. Si miramos más allá del Sur del Estrecho, en la no tan lejana región del Sahel africano,
podemos encontrar y tomar nota de los esfuerzos que Níger, Mali y Burkina Faso están llevando a cabo por recuperar sus recursos del neocolonialismo depredador francés y occidental en general, dentro de esa batalla global por los recursos mineros. Quizá, si en ese proceso de dignificación nacional–cultural andaluz nos desprendemos del eurocentrismo supremacista, podamos aprender que nuestra suerte está ligada a la lucha antiimperialista de los pueblos del llamado Sur Global.

Por Antonio Torres.



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