Los llamados antitaurinos en líneas generales utilizamos como argumento la oposición al sufrimiento y la tortura animal. En efecto, tras años de lucha el Estado español ha recogido como delito el maltrato animal, pero utilizando argumentos como que los toros son arte o que son la «fiesta nacional » los toros quedan fuera de cualquier legislación. Los toros, desde el punto de vista legal, son una anomalía.
Pero hay un segundo y un tercer argumento que se dicen entre poco y nada para oponerse a la tauromaquia. El primero es que sin subvención publica los toros no podrían sobrevivir. Casi todas las plazas de toros son públicas, se da la concesión administrativa de la plaza a empresarios. Inmovilizamos solares públicos muy bien comunicados, ideales para equipamientos públicos, al servicio de intereses privados. También se conceden subvenciones a todos los que forman parte del negocio, hasta el punto que sin subvenciones los toros no darían beneficios, no podrían sobrevivir. En Andalucía la televisión pública, Canal Sur, paga una factura importante por retransmitir los toros. Subvenciones y retransmisiones permiten que los toreros más famosos, los que ocupan la parte alta del escalafón ganen sueldos elevados mientras los llamados «subalternos» (los toros son clasistas a más no poder), que son los miembros de la cuadrilla del torero ganan muchísimo menos.
Pero siendo grave la orgía de castigo, tortura y sangre de un espectáculo que culmina con matar un animal en público, siendo graves las subvenciones directas que recibe este espectáculo dantesco, dejo para el final un aspecto más grave todavía que los demás: los toros son un espectáculo donde los toreros y sus cuadrillas se juegan la vida en público.
A lo largo de la historia ha habido deportes y espectáculos en los que los protagonistas se han jugado la vida. En el circo romano la muerte era el espectáculo principal. En los circos los trapecistas actuaban sin red, ahora es con red. Los domadores de fieras ya no existen, ni las fieras en los circos. Espectáculos en los que se atravesaban sobre un alambre un desfiladero, hoy se les exige lleven una línea de vida. En el ámbito del deporte el motociclismo y el automovilismo se han dotado de numerosas medidas de seguridad y se ha minimizado el riesgo. El boxeo, en Andalucía, ha perdido seguidores pues ver personas pegándose atrae cada vez menos público. Hay que resaltar que las medidas de seguridad que aplican los árbitros han hecho que muy raramente fallezca ningún boxeador, pero cada vez gusta menos ver sangrar seres humanos.
Pues bien las medidas de seguridad en los toros son cero. Un hombre con un capote o una capa se enfrenta directamente a un ser vivo adiestrado para embestir, dotado de unos cuernos que pueden ser mortales. Se podrá decir que no es frecuente que muera alguien. No es cierto. Por no ir mas atrás en los últimos 100 años han muerto 138 personas por asta de toro entre toreros y sus cuadrillas.
Si lo analizamos con rigor la esencia del espectáculo no es que lo bonito de un pase que hace el torero, ni lo bonito que se haga el tercio de banderillas, lo estético es solo la guinda del pastel. El espectáculo tiene su sentido en que un error le puede costar una cogida al torero o al banderillero e inclusive la muerte, la esencia de «los toros» es que un ser humano hace un ejercicio de habilidad que no tendría sentido sin el riesgo de morir.
Pero es que más allá de la tauromaquia que se practica en la plaza de toros hay fiestas en pueblos de Andalucía que forman parte de la cultura taurina. Este 7 de septiembre un vecino de Ubrique de 57 años falleció por asta de toro en el contexto de la fiesta del «Toro del Gayumbo». Un espectáculo aparentemente de diversión y alegría, pero en el que inevitablemente se corre el riesgo de morir. El año 2022 batió un triste récord 23 personas murieron en fiestas donde intervienen toros.
¿Os podéis imaginar que en la esgrima los deportistas no tuvieran protección? La esencia de ese deporte ya no sería la estética de un buen combate, sino la posibilidad de ser herido o morir en el mismo.
En definitiva acabemos con «los toros», dejemos de subvencionar la tauromaquia, y dejemos de emplear solares mayoritariamente públicos para asistir a un espectáculo donde seguro morirá un animal y quizás muera un ser humano.
Por Joan Batlle.



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