El contexto político inmediato de la próxima convocatoria electoral andaluza se centraría en principio sobre dos ejes: uno, el más estrictamente político sobre las previsiones de resultados, con un Partido Popular pendiente de revalidar su mayoría absoluta, con Vox y PSOE estancados, y con las posibles alzas de Por Andalucía (Sumar, IU y Podemos), y sobre todo, del andalucismo de izquierdas de Adelante Andalucía. El otro eje estaría centrado en la gestión, especialmente de la sanidad pública, cuestión en la que el PP está demostrando su lado más vulnerable expuesta en la crisis de los cribados del cáncer de mama, pero también educación, infraestructuras –con el accidente de Adamuz, presente-, o el acceso a la vivienda, especialmente en Málaga y su franja costera. De forma accesoria, quizá se hable de financiación, sobre todo por la candidata del PSOE, María Jesús Montero, quien, sin duda, hará del nuevo modelo de financiación su gran caballo de batalla electoral; y ya en un plano siempre abstracto y nebuloso, y por supuesto, secundario, vendrán los relatos sobre modelos de desarrollo para Andalucía. Como anécdota, en uno de sus últimos congresos, el PSOE de Andalucía decía apostar por la industrialización de Andalucía, lo dicho, sería una anécdota más si no fuera por el hecho de que estamos hablando del partido que gobernó la Junta de Andalucía desde su creación, en 1982, hasta de 2018. Por cierto, el PP andaluz vuelve a llevar, otra vez, en su programa la
ejecución completa de la Autovía del Olivar, se ve que en 8 años no ha dado tiempo.
Otra anécdota más.
Las campañas electorales, especialmente en un país periférico y subordinado como Andalucía, tienen la virtud de poner las cosas del revés, es decir, se hablará y mucho de consecuencias, pero poco, muy poco de las causas, es decir, de la esencia de los problemas andaluces, de esos dolores de Andalucía de los que hablara Blas Infante.
Dicho de otro modo, defender la sanidad o la educación públicas, políticas de viviendas dignas y asequibles no sirve de nada si no se apuesta por un modelo concreto de país. Y es que aquí donde surgen los problemas, especialmente para las opciones electorales de izquierda. Como bien sabemos, en una campaña electoral, el papel de los programas electorales todo lo aguanta y a las palabras apasionadamente dichas en los mítines se las lleva el viento, de ahí que el debate de fondo, es decir, lo que realmente puede decidir si determinadas propuestas son realizables o no, van a depender, en última instancia del modelo de país y de la posibilidad –o imposibilidad dado el marco legal que rige en Andalucía- de implementar determinadas políticas.
Recientemente, en la llamada cumbre progresista de Barcelona, el presidente brasileño, Lula Da Silva, reconocía, quizá en una auto crítica que: “Hemos sido los gestores del neoliberalismo”, para concluir casi a reglón seguido: “No podemos ser elegidos con un programa para implementar otro”.
La cuestión del modelo país o del modelo de desarrollo nacional andaluz plantea diversos problemas, pero no precisamente para las diferentes derechas españolas porque lo tienen resuelto históricamente: Andalucía es un simple territorio del que la oligarquía española y las grandes multinacionales pueden obtener súper beneficios, un territorio especializado y subordinado económicamente, tanto que hasta sus señas de identidad son pura mercancía; en definitiva, Andalucía como un territorio de extracción material y simbólica. Quizá el matiz estaría en que el PP andaluz de Juanma Moreno viene tratando de hacer pasar este proyecto histórico de las derechas españolas, por un proyecto de modernización y desarrollo, una suerte de andalucismo tecnocrático que supuestamente estaría sacando a Andalucía de su tradicional posición
subordinada, periférica y subdesarrollada. Al respecto, la prensa económica andaluza, alineada totalmente con presupuestos neoliberales, no está haciendo otra cosa que mostrar su extrañeza por la paradoja de una efervescencia económica andaluza que no se está traduciendo en un crecimiento real, especialmente de los índices de desarrollo y bienestar. Para corroborar esta paradoja irresoluble desde esos férreos posicionamientos neoliberales, recientemente, CCOO en Málaga ha publicado un informe sobre el mercado laboral malagueño, pero que en muchos aspectos puede ser extensible al resto de Andalucía, en el que se expone la brecha entre ocupación y altas en la Seguridad Social, entre el paro masculino y femenino, una pérdida de poder adquisitivo que sitúan en torno al 2%, profundas desigualdades territoriales, etc. En definitiva, podemos acudir a los clásicos de la Teoría Marxista de la Dependencia y
apelar a aquello del “desarrollo del subdesarrollo”.
Pero el modelo de país implementado por la socialdemocracia española –PSOE-, tanto en gobiernos en solitario, como en coalición con el extinto Partido Andalucista o posteriormente con Izquierda Unida, no han diferido sensiblemente de la propuesta histórica de oligarquía española, llevando a cabo programas desarrollistas en el mejor de los casos que han servido para aliviar situaciones más extremas o descarnadas, pero que no han cuestionado el modelo Andalucía impuesto; es más, los efectos de
alivio se dieron en el pasado sin solución de futuro. Más allá del abandono del programa clásico de la socialdemocracia por parte del PSOE y su desplazamiento hacia una propuesta social liberal o de neoliberalismo de rostro humano, hemos de tener en cuenta el contexto en el que se desarrolló el movimiento nacional-popular andaluz y la lucha por el autogobierno concretado en los marcos del postfranquismo.
En definitiva, los sucesivos gobiernos del PSOE en la Junta de Andalucía, de 1982 a 2018, no han hecho más que afirmar el proyecto oligárquico imperialista español en Andalucía. Como han venido sosteniendo historiadores y sociólogos críticos, el PSOE ha sido el gran articulador del régimen postfranquista español y aún hoy lo sigue siendo.
El status legal de Andalucía es el de una comunidad autónoma en un régimen de descentralización y desconcentración administrativa, esta es la realidad, por tanto, convendría desmitificar o al menos matizar la cuestión de las competencias propias.
De esta cuestión ya hay suficiente jurisprudencia para concluir que el asunto de las competencias propias es una cuestión que se ha de relativizar. Esto tampoco significa exactamente que un gobierno de la Junta de Andalucía no tenga margen, sino que éste está, en última instancia, subordinado. Este hecho nos ha de prevenir de ciertas promesas electorales y su posibilidad legal y real de ejecución. Poner las esperanzas en que un gobierno progresista en Madrid va a tolerar políticas progresistas y transformadoras en Andalucía, es, cuanto menos mucho suponer, porque da por hecho que el actual gobierno español estaría dispuesto a romper con el papel estructural adjudicado a Andalucía.
Así pues, la soberanía no es una abstracción, sino que es medular, sobre todo si se quiere implementar políticas realmente progresistas, es decir, en favor de la mayoría trabajadora andaluza. Soberanía no es sinónimo de competencias, de hecho, la soberanía nacional andaluza es imposible en el marco legal del régimen postfranquista español. Llegados a este punto hay que hacer una importante aclaración respecto a determinados discursos soberanistas andaluces; se entiende que por pedagogía y con la intención de vincular soberanía con la mejora de la vida material de la clase obrera y
los sectores populares, se lancen frases del tipo “soberanía es educación pública” o “soberanía es sanidad pública”, etc. Insistimos, se entiende la buena intención de dichos mensajes, pero, por un lado, no se debe dejar de ponerle apellido a esa soberanía, es decir, soberanía nacional, soberanía para una comunidad humana formada históricamente en la conquista, la humillación, el desprecio, la subordinación y el subdesarrollo; pero lo más importante, soberanía nacional es poder político, en nuestro caso, el poder político que tiene que garantizar un desarrollo acorde a las necesidades de la clase obrera y sectores populares andaluces: trabajo digno, educación, sanidad, vivienda, protección del medio ambiente, cultura, etc. Soberanía nacional en Andalucía tiene que ser poder obrero y popular andaluz organizado. Si queremos, como cantaba nuestro Carlos Cano, “que haiga trabajo y prohperiá”, hay
que poner los medios para hacerlo posible.
No se trata de apelar continuamente a la soberanía o a la autodeterminación, no se trata de discursos grandilocuentes alejados de los padecimientos rutinarios o habituales del pueblo trabajador, tampoco de despreciar los márgenes de actuación que nos impone el régimen postfranquista español, si no de plantear políticas en un horizonte que necesariamente en Andalucía tiene que ser de autodeterminación,
soberanía nacional y construcción socialista, si es que de verdad queremos solucionar esos problemas.
La otra cuestión que tampoco se planteará es el de la inserción de Andalucía en el mundo capitalista, porque es otro elemento que puede obstaculizar la puesta en práctica de determinadas políticas. Vivimos una crisis del mundo imperialista tal y como fue modelado, sobre todo en dos momentos: 1) tras el final de la Segunda Guerra Mundial y 2) tras el colapso de la Unión Soviética. Como afirma el ensayista y militante comunista danés Torkil Lauesen: “El ascenso de China como principal potencia industrial mundial ha roto la dinámica polarizadora entre el centro y la
periferia, por primera vez en doscientos años. Gracias al auge de China y al desarrollo de un sistema mundial multipolar, el mundo está experimentando una profunda transformación”. Lauesen opina que el declive de la hegemonía del imperialismo estadounidense y el ascenso de China y de un sistema mundial multipolar cambiaría los patrones comerciales, en dirección a un mayor comercio Sur-Sur y un menor
comercio Norte-Sur, provocando una disminución de la transferencia de valor a los centros imperialistas, perturbando el mecanismo que dio al capitalismo en Occidente un desarrollo dinámico volviéndose disfuncional. Y concluye: “El fin del imperialismo implica el fin del capitalismo como modo de producción dinámico en el Norte. El desarrollo de las fuerzas productivas en el Sur implica que los Estados en transición
pueden liberarse de las ataduras que aún pesan sobre el capitalismo a nivel internacional y nacional, pues ya no generan progreso, sino que solo generan problemas”.
Sin embargo, en Andalucía no hay motivos para el optimismo respecto a los cambios que se están operando. Veamos por qué.
En primer lugar, siguiendo el análisis de Lauesen, hay que tener en cuenta la reacción de los centros imperialistas, con los Estados Unidos a la cabeza para revertir la situación. Todos los acontecimientos que estamos viviendo, empezando por los más recientes con el secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y su compañera Cilia Flores, hasta la agresión a la República Islámica de Irán y al Líbano tiene su lógica en los intentos por recuperar la hegemonía imperialista por parte de los Estados Unidos. Por otro lado, la tríada imperialista (Estados Unidos-Japón-Europa) de la que hablara en su momento el economista marxista Samir Amin, está rota, o más bien ha sido rota por los propios Estados Unidos. No se trata solamente de que los Estados Unidos estén a la desesperada intentando no ser desplazados de su posición hegemónica, sino que también lo están los centros imperialistas europeos, y eso también incluye al Estado español, aunque
sea un Estado imperialista de segundo orden. ¿Qué consecuencias tiene todo esto para Andalucía? De forma rápida y sencilla: una mayor profundización en el rol dependiente y subordinado con el fin de compensar las interrupciones de transferencias desde el Sur Global, y, por supuesto, una profundización en la consideración de Andalucía como una plataforma de agresión contra los pueblos que luchan por su soberanía e independencia y quieren deshacerse de la injerencia imperialista.
Falta un análisis riguroso del papel de las periferias europeas y de su papel en los procesos de acumulación de los centros imperialistas en la propia Europa. Por ejemplo, tenemos la periferia Sur, la del Mediterráneo, de la que Andalucía formaría parte, pero también tendríamos la periferia balcánica y la del Este europeo, ésta última subordinada desde los años 90 del siglo pasado a la lógica del imperialismo alemán.
También según algunos autores cabría hablar de la periferia céltica. Cabría analizar como la lógica capitalista de la Unión Europea ha conformado centros y periferias y como se han venido desarrollando ambos polos.
Por tanto, la soberanía nacional andaluza debe implicar un proceso de ruptura con los centros imperialistas, muy especialmente la Unión Europea. Ese proceso será cortocircuitado por la propia lógica de acumulación imperialista de la oligarquía española, pero, sobre todo, por la progresía imperialista que muchas veces la sustenta, apoyando o condenado intervenciones militares no según la falsa retórica de los derechos humanos a la que tanto apelan, sino según la lógica del sector de la oligarquía a la que representan. Por eso, pueden oponerse a la agresión contra Irán -aunque sin dejar de condenar a la “teocracia iraní”-, pero apoyar al régimen títere de Kiev nostálgico del colaboracionismo nazi ucraniano en su guerra contra Rusia.
Pueden condenar el genocidio en Gaza –pero sin romper del todo con la entidad sionista y siempre condenando el “terrorismo” de la Resistencia palestina- a la vez que callan o apoyan la subordinación, la injerencia y el caos sectario en la República Árabe Siria. Es un oportunismo, en definitiva, acorde a los intereses imperialistas y eso, como hemos visto, tiene consecuencias para Andalucía.
Quizá, para muchos compañeros y compañeras tener todas estas cuestiones en cuenta para la cita electoral del 17 de mayo próximo es demasiado y quizá lo sea, pero más nos vale, como país, como pueblo, y como clase, tenerlas en cuenta si queremos paz y esperanza bajo el sol de nuestra Tierra.
Por Antonio J. Torres.



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