Por supuesto, hay motivos para la satisfacción respecto al acuerdo entre Israel y la Resistencia palestina, pero debe ser una satisfacción contenida. Es cierto que si Israel ha aceptado el acuerdo ha sido porque militarmente los objetivos que se habían propuestos desde octubre de 2023 estaban lejos de cumplirse, por mucho que se hayan descabezado las direcciones de Hamas, de Hezbollah o de otras organizaciones de la Resistencia palestina o libanesa, la Resistencia ha sabido reponerse y plantar cara. Eso es un éxito rotundo, es decir, un fracaso para Israel sin paliativos.
Pero hay que ir más allá, la solución política, es decir, la solución real que no puede ser otra que la descolonización de Palestina con un Estado del río hasta la mar, soberano, democrático y multisecular, aún está muy lejos en el horizonte, al igual que la solución intermedia de “dos Estados”.
Igualmente, este alto el fuego será aprovechado por Israel para reorganizarse. Hay que tener en cuenta que lo único que unifica a Israel como Estado y como sociedad es la guerra, sin guerra, Israel suele sumirse en el caos, la inestabilidad política y las contradicciones internas. Nadie lo sabe mejor que el propio Netanyahu.
Por último, la cuestión siria; aunque les pese a muchos en la izquierda occidental, la lucha de liberación palestina no se puede separar de los últimos acontecimientos en Siria. El territorio que ha ocupado Israel desde la caída de la República Árabe Siria compensa lo sucedido en Gaza, se trata de un territorio estratégico, rico en recursos hídricos, desde el cual puede amenazar aún más si cabe a la Resistencia libanesa. Israel ha conseguido desactivar a unos de sus principales enemigos irreconciliables y a un actor fundamental en el apoyo no solo político sino también material a la causa palestina; ahora desde Damasco solo se lanzan mensajes de calma y tranquilidad hacia Israel, mientras las diferentes milicias palestinas en territorio sirio han sido desarmadas.
Por Antonio Torres.



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