Ríe y llora quién siente y sufre quién conoce. Así vivió Blas Infante en este vergel que para él era Andalucía, y así murió después que lo apresaran en su casa de Villa Alegría.
—Las tierras pertenecen al pueblo, las aguas a los ríos y las lluvias a la todopoderosa Naturaleza. Entonces, ¿por qué algunos hombres acaparan sus frutos y sus cosechas? Mientras a otros, solo se les deja sobras y migajas; haciéndolos vivir como animales; como si fueran seres sin almas.
No me equivoco si digo que, en la actualidad, nadie podemos afirmar que conocimos al andaluz que vivió con este pensamiento recurrente hasta su muerte. Una muerte adelantada y prematura, o, un fallecimiento voluntario y provocado, cómo lo explicarían hoy, los herederos ideológicos de los que le fusilaron años atrás. Entonces preguntémonos si aquella muerte, ¿sirvió para algo? No. Como otras tantas miles, en cunetas, fosas, comisaría y tapias de cementerio. Sólo causaron dolor a sus familias, dejando niños huérfanos, viudas empobrecidas y el terror entre los que les sobrevivieron y conocieron de sus asesinatos.
Como antes bien decía, en Nación Andaluza, que en diciembre de este año cumpliremos 35 años de nuestra fundación, tampoco tenemos tantos como para haberlo conocido en persona, pero sí en nuestras vidas. Porque su obra no fue en vano. Muchos le hemos leído, aprendido y comprendido lo que él en sus libros, manifiestos, ensayos y demás escritos, propuso. De este modo, y créanme que es así es, hoy en nuestro día a día intentamos ser coherentes en nuestras reivindicaciones y representar un humilde ejemplo de su ideal político y de la figura humana que nos dejó. Lo que no nos convierte ni en tristes, ni aburridos, como tampoco nos hace, ciegos antes las injusticias que vemos fuera de Andalucía. Nunca somos ajenos al dolor de otros y nunca nos comportaremos como un partido de moda o complaciente. Explicamos y defendemos el mismo andalucismo revolucionario que Infante nos legó a las andaluzas y andaluces. Y en ese ideario, estaba con letra y puño escrito, la aspiración de independencia de
lo que por entonces se llamaba sólo España, o lo que hoy se autodefine como un estado monárquico español.
Por este motivo, queremos aclarar que concurrir a unas elecciones, sin afirmar explícitamente, que se va a trabajar para la disolución o por la separación administrativa y política del Estado que tiene secuestrada la soberanía de Andalucía, es, antes que nada, una jugada política inadmisible para cualquier partido que dice públicamente seguir los postulados de D. Blas Infante Pérez de Vargas. Más a más, sería una traición hacerlo porque de facto, uno se convierte en cómplice necesario en el mantenimiento del actual status quo y el rol que en él la Constitución de 1978 otorga a Andalucía. Blas Infante insistió que la soberanía de Andalucía no podía emanar de ningún otro pueblo que no fuera el andaluz. Soberanía plena sobre todo nuestro territorio, sobre sus habitantes y sobre todos nuestros recursos. Queremos ser soberanos para
resolver por nosotros mismos, todos nuestros problemas. En breve, precisamente el día 21 de este mes de octubre se presentará la última obra de un constante historiador y politólogo andaluz que lleva por nombre Blas Infante: Andalucía y Revolución, que desmonta con evidencias bibliográficas y personales lo que el padre de la Patria Andaluza ya postulaba desde principios del siglo XX.
Pero si ustedes lo prefieren, dicho de otra manera: participar en unas elecciones por una cuestión táctica o electoral, que están pensadas para poner a los diputados electos de cada provincia, al servicio del bien supremo de la misma España monárquica y de la oligarquía que la sustenta, causa de los problemas más importantes que nos aquejan, es ayudar a blanquear y legitimar a la vez, la propia corrupción del sistema que nos perjudica.
Dennos a Andalucía la soberanía que es solo nuestra, si es que quieren que participemos. No nos inviten a la mesa del congreso ni a los sillones de los diputados, sí, por el contrario, por una ley hecha por los hombres no por ninguna divinidad, no nos reconocen que somos iguales.
Y lo primero para ser iguales en derechos y obligaciones, es que los iguales quitemos de ahí a esos Borbones que molestan. ¡Y, vaya qué molestan! Como su historial delictivo así demuestra. —Sólo en las guerras que en el siglo XVIII libró esa españa castellana en el Sur de América para impedir la independencia de los pueblos que más tarde se constituyeron como nuevos países, fueron reclutados a la fuerza más de 40.000 andaluces de entonces; o unos más de 200.000, si tomáramos las cifras de población actualizadas. Pero, ¡Vaya otra sorpresa! Ninguno de ellos era hijo de aquellos mismos reyes que empobrecieron Andalucía —.
Aceptar la autocracia en el caso del Estado monárquico español, representada por un mismo jefe de estado que, por esa Ley hecha por los “hombres” ha de ser un Rey, no una persona electa de forma directa, sino serlo por el mero hecho de nacer en una familia concreta, y no por una votación popular que así lo respalde, era inadmisible para Infante hace 100 años y sigue siéndolo hoy para Nación Andaluza.
A esos, que les puede parecer este principio político baladí, decirles sólo una cosa: ¿cómo ustedes, que dicen defender una democracia, pueden explicar en los colegios que, a los reyes no se les elige, solamente se les soporta, se les financia y se les protege?
Entonces, es cuando esos que defienden la monarquía le dicen a sus hijos y a los hijos de sus hijos: los españoles una vez fuimos grandes y conquistamos el mundo. Es decir, es tanto como “afirmar hoy en pleno siglo XXI”, que “los españoles son un pueblo elegido” o, peor, “que a los
que se sienten españoles, les está permitiendo que se comporten como un pueblo elegido”.
Ahí comienza el problema que arrastramos hasta hoy. Es tanto como perpetuar a las generaciones venideras que el “mal” es legal.
Por eso, confrontar de manera abierta a la monarquía española, rechazar la Constitución de 1978 y defender la independencia de Andalucía, han de ser tres condiciones necesarias y aún mínimas, para participar en unas elecciones al Congreso de España llevando el ideal de Blas Infante como bandera. Porque también se puede hacer, y no llevarlo. Es del todo coherente, aunque cuando quieres contentar a todos, ya se sabe lo que pasa. Te disuelves. Blas Infante nunca pactaría con el PSOE porque nunca afirmaría que el PSOE es un partido revolucionario.
Por Manuel Lazpiur.
Coordinador Local Asamblea Nación Andaluza-Sevilla.



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