Andaluzas que escriben sobre Andalucía, el Mediterráneo y el mundo


Cuando los que plantan los arboles no quieren que veamos ningún bosque

O, dicho de otra manera: cuando los árboles del hay que ir a votar, para que el presidente sea Sánchez y no Feijó, son los mismos que aquellos otros que el viento empuja con sus hojas ya escritas, votemos a Feijó para que no salga Sánchez.

En verdad, esos mismos dos árboles y algunas pequeñas ramas más, se le
ponen delante a la ciudadanía cada vez que la España vaciada de ideas y de
confianza, se prepara para unas nuevas elecciones. La llamada a la movilización es siempre la consecuencia de un intento de alargar la sombra que proyectan estos mismos árboles, con el simple propósito que los votantes sólo piensen que hay dos únicas soluciones posibles. Elegir, entre peros o manzanas, como bien nos recuerda el refrán, que es lo que se hace cuando a alguien le dan a comprar entre dos frutas que son exactamente la misma, aunque se nombre de manera diferente.

Así con esta estrategia, da igual si son árboles o arbusto, más altos y gigantes, o más pequeños y tupidos, quieren impedirnos que las personas paremos un momento, levantemos la mirada del suelo y divisemos allá en el horizonte, por detrás de esos obstáculos, un futuro nuevo por construir que, en verdad valga la pena, legar a las generaciones futuras que nos van a suceder. Pero nunca, por no decir casi nunca, en verdad, se quiere hablar de él. ¿El porqué? No lo sé, O ¿cuáles son los motivos para no hacerlo? Yo tampoco los sé, porque seguramente habrá más de dos y de tres. Aunque yo sí me voy a atrever a escribir, al menos, sobre uno de ellos.

La imprescindible abolición de la monarquía española como condición
necesaria para avanzar en un futuro de una igualdad legal, social, justa y
duradera.

Cada vez se hace más imprescindible plantear abiertamente este debate en la sociedad y abordarlo con todas las garantías, que nunca más, y ese nunca más, es por los siglos de los siglos, se aceptará que, en un régimen de democracia, pueda haber una sola persona, que, por nacimiento, adopción o título, pueda ejercer un cargo de representación u honorífico, en ninguno de los tres poderes que han de manar del pueblo soberano, incluido el militar, por supuesto.

No es que quede feo o anacrónico en pleno siglo XXI, es que dice mucho y
malo de la sociedad que así procede y lo permite. Es tanto como admitir que las denominaciones dictador, caudillo, duce, führer, zar, cesar, príncipes, princesas, emperador, tirano o déspota, autoritario y totalitario, no sean sinónimos y acepciones mundialmente asociadas en la historia de las civilizaciones a conquistas, colonizaciones, guerras, circos, matanzas, genocidios, exterminios, crímenes de guerra, derechos de pernadas, violaciones en masas, pedofilias, harenes, concubinas, descendencias no reconocidas, prácticas exotéricas, y un largo etcétera que seguro que cualquier lector podría completar y que siempre nos relatan y/o describen sufrimientos para los más débiles, niños, mujeres y ancianos.

Si aceptamos Rey, también aceptamos súbditos. Y si lo hacemos, debemos
aceptar que no hay un pueblo libre. Porque el rey de ahora lo es porque fue
elegido por cuna y en el caso del español, su antecesor, que los políticos le han puesto además el sobrenombre de emérito, con más eggs todavía, por una decisión de un dictador. Es como si el último Führer, que se voló la cabeza antes que los soviéticos lo detuvieran, hubiera designado como su sucesor eterno al Presidente Federal de la nueva Alemania de hoy.

Aceptar la corona española es aceptar la supremacía de una familia sobre los demás y es santificar legalmente que no todos somos iguales ante la justicia y ante los demás. Y peor, tener que mentir descarada y académicamente al alumnado en colegios e institutos sobre las supuestas bondades que tienen los reyes y especialmente los españoles. Y obviar, de manera deliberada, tal como se hace en la actualidad, a propósito, y con intenciones ideológicas claras, los hechos históricos evidentes, de los dos últimos siglos de la España que no fue monárquica. ¡Por no hablar de los siglos de más atrás en la historia! Y con esa reescritura falsear con muy malas intenciones, la muy verdadera historia más recientes de los pueblos, como el andaluz, que se rebelaron contra ella, se declararon independientes (1873) y más tarde llegaron a redactar su propia
Constitución Andaluza de Antequera (1883). Dónde expresamente en su artículo uno dice literalmente Andalucía no recibe su poder de ninguna
autoridad exterior
. Ni reyes ni reinas.

Pues bien, no me queda ninguna duda que una parte de las personas que
dicen identificarse con una ideología tradicional en Andalucía, son de todas las personas que se siente españolas o muy españolas, la que más miedo tienen a los cambios, y que se niegan o se oponen a conocer nuestro verdadero pasado como pueblo; y que, si algo cambiase, que lo hiciera siempre para volver a los tiempos de la infancia. De una paz y de un silencio duradero.

Pero no crean ustedes que, los que desde luego leen más y están mejor
formados que las de ideología más tradicional, se han parado alguna vez para exigir una nueva constitución, pero no sólo para el Estado español, sino para Andalucía, me refiero. Simplemente el árbol que tienen delante se lo impide, aunque muchas de estas personas sí son favorables a los cambios y en una gran mayoría dicen sentirse tan andaluces como españoles.

No sé si al lector le parece suficiente o no lo expuesto en estas líneas, pero
para mí, es uno de los motivos más importantes que explican mi abstención activa en las próximas elecciones. Quiero con ello dejar claro que, con mi voto no voy a legitimar una monarquía, un rey y una jefatura de un estado que no me trata ni a mí, como persona, ni al pueblo con el que me identifico como iguales.

Animo que otros también lo hagan y lo digan. Porque sinceramente creo que, si procedemos de este modo y de esta manera, denunciando y explicando muestra abstención activa, empujaremos a otro lado a esos árboles y arbustos que nos ponen delante y podremos avanzar en construir un futuro mejor, más justo, más social, más humano, más digno y más independiente de reyes, monarquías, del colonialismo, del militarismo y de las sombras de las hojas, caducas, y decrépitas de los valores que representan las clases dominantes en Estados Unidos de América y en el actual estado de Israel.

Nos acercaremos así a un mundo para vivir, para comerciar, para sanar y para aprender de los demás y no ser sustituidos por ninguna inteligencia artificial a la que están intentando elevar a los altares y convertirla en el nuevo becerro de oro. Si ponemos la IA en el lugar del Dios creador, acabaremos con el Amor y pasaremos a ser súbditos de unos pocos, aunque esos quizás ya no se llamarán reyes.

Por Manuel Lazpiur Rodríguez.

Psicólogo, católico y miembro del Comité por la Abstención Activa en Sevilla.



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